Internet, privacidad y libertades
Domingo, 11-10-09
Cada vez con más insistencia se habla del resurgir del Panopticon de Jeremy Bentham, esa cárcel cuyo diseño permite al carcelero escudriñar en todo momento a los reclusos sin que éstos sepan siquiera cuándo están siendo observados, lo que haría de ellos dóciles sujetos, al saberse, o creerse, constantemente vigilados. Mauro Paissan acaba de publicar en Italia un sugerente libro de no menos sugerente título: «La privacy è morta, viva la privacy». Jon L. Mills se refiere a la privacidad como «el derecho perdido».
Hay quien piensa que los buscadores de internet, y en particular Google, son una clara manifestación de esa pérdida de privacidad pues nos someten a la permanente curiosidad de cualquiera, que con sólo teclear nuestro nombre puede acceder a información que ni nosotros mismos conocemos. No creo que sea así. Tomo prestado el título de un libro de José Vidal Beneyto para afirmar que los buscadores son «la ventana global», que nos permite conocer y acceder a la realidad, no virtual, sino auténtica, la realidad que existe. Son por ello una herramienta imprescindible para democratizar el conocimiento. Nos muestran lo que hay, directamente desde la fuente, sin necesidad de intermediarios. Son la ventana a través de la cual podemos observar libremente el entero paisaje social. Con sus grandezas y sus perversidades. En este escenario, los posibles atentados a la privacidad no surgen de quien mira, sino de quien muestra. Donde se vuelca la información es en las páginas web, de las que los buscadores tan sólo dan cuenta. Y deben hacerlo con fidelidad a la realidad, sin tergiversarla, sin falsearla. Por ello son un obstáculo para las dictaduras: si se prohíben o censuran en países no democráticos es porque resultan incómodos para quienes son poco amigos de la libertad y el pluralismo.
¿Cómo, entonces, podemos reaccionar ante los posibles ataques que para nuestra privacidad puedan derivar de la información que los buscadores ofrecen sin descanso? No creo que la solución esté en que sean ellos los que eliminen información existente y disponible. Abrir la puerta a manipulaciones informativas es peligroso. Los buscadores no deben controlar ni valorar la información que existe, porque si así lo hiciesen estarían falseando la realidad. Sería el primer paso para desconfiar definitivamente de ellos, pues no podríamos saber si lo que nos muestran es la realidad que existe o la que construyen. Por eso la privacidad exige que quienes son fuente y responsables de la información respeten en origen la protección de datos y en su caso cancelen la información que facilitan o impidan que los buscadores puedan acceder a ella. No se trata de que nos pongan una venda en los ojos. Somos nosotros los que debemos echar la persiana, no los buscadores, porque si pudiesen subirla y bajarla a su antojo estaríamos dejando en sus manos la creación de la realidad.
El Garante Italiano para la Privacy se ha percatado bien de ello. En numerosas resoluciones, que conforman ya una doctrina consolidada, ha dejado claro que es el propietario de la página web, y no el buscador, el que debe tomar las medidas necesarias, en su caso, para evitar que los motores de búsqueda puedan localizar datos personales (por ejemplo, resoluciones de 11 y 19 de diciembre de 2008, 15 de enero de 2009). En consecuencia, cuando se ejerce el derecho de cancelación ante un buscador, el Garante ha obligado al titular de la página web donde se encuentre la información controvertida, bien a cancelarla bien, cuando ello no sea posible, a adoptar las medidas que sean idóneas para evitar que los datos personales puedan ser captados directamente mediante el uso de motores de búsqueda externos a los propios de la página web.
Alan Moore y David Lloyd, en ese magnífico cómic que es «V de Vendetta», hacen decir a la voz del destino, dirigida a los súbditos de un Londres tomado por la más mezquina de las dictaduras: «para conmemorar la más gloriosa de las noches, el gobierno de su majestad se complace en devolverles a ustedes, sus leales súbditos, el derecho a la privacidad. Durante tres días, sus movimientos no serán vigilados..., sus conversaciones no serán escuchadas... y el `haz lo que quieras´ será la única ley». No puedo imaginar que en ese escenario totalitario buscadores como Google tuviesen cabida. Los buscadores y la libertad van o deben ir de la mano. Pero siempre y cuando los primeros no se atribuyan el control de la información, porque entonces ellos serían el peligro para la democracia y las libertades. Los buscadores no deben ser el ojo insondable que todo lo vigila y que nos situaría en un mundo de «vigilancia perenne», en expresión de Stefano Rodotà. Deben ser instrumento de libertad, de conocimiento certero y accesible, de conocimiento democrático.
José luis piñar
Catedrático de Derecho Administrativo. Ex director de la Agencia Española de Protección de Datos

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