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Actualizado Viernes, 09-10-09 a las 11:35
A buen recuado detrás de la cámara, Francisco Betriú trinca por la pechera un retrato a todo color de Mónica, una prostituta del Raval de Barcelona, tras la cual apenas si ya se esconde Ramona, natural de un pueblo de La Mancha, y mujer alegre en los mejores sentidos del término. La película es la pintura que hace de sí misma Mónica, a la cual colaboran con algunos impagables brochazos los más «artistas» de su florida clientela. Un plano corto de su rostro, como maquillado por Mondrian para una fiesta, narra los hilos de su ajetreada vida con una lengua de cara y cruz, tan filosa como graciosa y tan sórdida como encantadora y hasta maternal.
Ella es el argumento. Ella es el guión. Ella es la película, mientras que el director, enfrascado en no ser notado, consigue ese inusual milagro de hacer un cine limpio justo en ese lugar en el que más trabajo cuesta; ni un solo gesto de él o de su cámara subrayan la grandeza o la bajeza de su animal cazado (durante más de dos años de retrato y lienzo). Mónica, o Ramona, vitalidad y gracia pura, parece estar a los dos lados de la pantalla, como una rosa púrpura de El Cairo.
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