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El primer careo entre los principales acusados y testigos del escándalo «Clearstream» concluyó ayer con un intercambio de navajazos verbales, que desenterró una podrida tela de araña en la cúspide política, industrial y militar del Estado francés.
Tras los interrogatorios individuales, el Tribunal de París inició ayer los primeros careos entre Dominique de Villepin, en la cúspide del poder político cuando estalló el escándalo (2004); Jean-Louis Gergorin, en la cúspide del poder industrial, y el general Philippe Rondot, en la cúspide del poder militar.
Villepin, ex ministro de Interior y Exteriores, así como ex primer ministro, acusa a sus antiguos «interlocutores privilegiados» y machaca en el hierro frío de su defensa: «Yo no sabía nada de la manipulación del nombre de Sarkozy en las falsas listas de «Clearstream». Creo que el general Rondot no comprendió exactamente mis palabras. Hay un malentendido».
Rondot, consejero del Ministerio de Defensa, uno de los espías más legendarios de Francia, le lanza a la cara: «Yo no invento nada. El nombre de Sarkozy fue citado una y otra vez. Yo no soy un flautista que se saca de la manga una serpiente. Anoté en mis cuadernos el contenido de nuestras conversaciones en el despacho de De Villepin».
Gergorin, vicepresidente de EADS (el primer constructor europeo de armas), es igualmente formal: «Por aquellos años, yo tenía acceso directo a Dominique de Villepin, y fue él quién me invitó a enviar las listas falsas de «Clearstream» a jueces y periodistas. Yo creía que se trataba de listas verdaderas».
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