NO habían pasado dos días desde que Iker Casillas le hiciera a un perplejo delantero del Sevilla la que ya se ha considerado como la mejor parada de la Historia (sin contar, claro, la que le hicieron a Ronaldinho la otra noche en la puerta de una discoteca de Milán), cuando el presidente José Luis Rodríguez Zapatero le clavó sin perder su sonrisa un golazo de esos casi imposibles de no atajar: flojito y al centro.
A Casillas, que no tenía intención de moverse, no le quedó otro remedio que hacerlo para que no le diera el balón. Ahora bien, la gran pregunta tras una escena tan absurda que además fue ofrecida con insistencia por televisiones e informativos sería la siguiente: ¿Hay algún propósito oculto en semejante pantomima o, por el contrario y como es habitual en cuanto nos rodea y pasa últimamente, todo fue fruto de esa aventuradísima y criticadísima tendencia a la improvisación de nuestro presidente del Gobierno: «Ponte ahí, Iker, que te chuto»...
A la búsqueda de propósitos ocultos, de signos y de sensaciones cifradas en esa puesta en escena, podría haber varios tan claros como turbios; pongamos el ejemplo de uno de los múltiples procesos argumentales a los que podría dar pie: Zapatero no tiene a nadie enfrente, o sea, no tiene oposición, y ni siquiera su propia inoperancia, es decir, tirando flojo y mal, le impedirá conseguir el gol. Incluso esa imagen se ve reforzada por la presencia inmóvil y calmada de Pujol, que es justo el reverso de su propia imagen: un defensa excitado y zascandil cuya naturaleza le impide mirar impasible como alguien chuta a gol ante él sin ponerse en medio... Y demás es catalán. O dicho de otro modo: Zapatero no sólo no tiene oposición enfrente, sino que lanza sus tiritos ante la mirada complaciente de ese concepto tan cursi de «las fuerzas periféricas».
Obviamente, toda esta lucubración tiene menos fundamento que una sopa de sobre, y lo más sensato y decente será pensar en la mera y mema improvisación: «Ponte ahí, Iker, que te chuto»... De todos modos, no se puede ocultar que en cualquiera de las dos modalidades, la de los propósitos ocultos y la de la inocente improvisación, el panorama es espeluznante.
Los más grandes pensadores de aquellas sociedades que quieren avanzar dentro de (o hacia a) un sistema pluralista y libre han coincidido al menos en una idea al respecto: es más importante tener oposición que tener gobierno. Esa trascendental idea de la mecánica más sencilla, consistente en que una pieza pueda ser sustituida por otra con garantías, adquiere en política (o sea, en la administración pública de nuestros asuntos) una importancia sustancial: claro que es conveniente tener un gobierno adecuado, pero es imprescindible, vital, poder sustituirlo por otro.
Miren si no al Barça, que, ido Laporta, ya está ahí Rosell y se espera además con gran ilusión la llegada de Soriano e Ingla.