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El presidente del Gobierno español se define como futbolero. Y seguidor del Barcelona, el equipo que, según él, practica el mejor juego en la Liga española. Por su afinidad con este deporte y por su responsabilidad -Presidencia asumió el Ministerio de Deportes-, Zapatero aceptó la propuesta de la Federación Española de Fútbol para compartir mesa y mantel, con motivo del encuentro, con todos los jugadores que han vestido en alguna ocasión la camiseta nacional.
Cuando la propuesta llegó a Moncloa, el presidente ajustó su agenda para acudir al acto. Se trataba de un encuentro bonito, emotivo, sensible y responsable. Simplemente para nostálgicos. En la Ciudad del Fútbol de Las Rozas se dieron cita muchos de los jugadores que José Luis había coleccionado y adulado en forma de cromo cuando no era todavía ni adolescente. Allá cuando el Athletic y la Real Sociedad ganaron las últimas Ligas.
El presidente llegó al acto arropado por la clásica y llamativa parafernalia. Una comitiva de vehículos a toda velocidad, separados por apenas centímetros; los guardaespaldas de gimnasio con pinganillo, el personal de casa que se pone nervioso cuando recibe a alguien importante... Pero en el mundo del fútbol el protocolo es flexible. Y el primero que así lo entendió fue el propio presidente del Gobierno.
A su llegada se encontró la colmena de jugadores internacionales repartidos por décadas en un escenario. ZP se situó en el centro del álbum desplegado. Entre Ángel María Villar, presidente de la FEF, y Jaime Lissavetzky, secretario de Estado para el Deporte, y detrás de Alfredo Di Stéfano.
Inmortalizado el momento, acontecimiento que agradecieron algunos de los ex internacionales debido al calor veraniego y a la tardanza para reunir a los protagonistas, Rodríguez Zapatero participó, junto con los capitanes de la selección Íker Casillas y Carlos Puyol, en otro episodio protocolario.
No hubo estirada de Íker
El presidente lanzó un penalti simbólico al portero de España con la colaboración del defensa. La expectación metió presión a ZP, acostumbrado a otro tipo de nudos en la garganta. Después de pensárselo dos veces se encaminó hacia el balón, armó la pierna derecha y chutó. Casillas no se estiró como en Sevilla ante Perotti. Ni de lejos. No se movió para no hacer el feo. Gol. Hubo aplauso general.
Era la mejor imagen para relanzar la campaña «1GOL por la educación», promovida por el Gobierno español, entre otros, para intentar erradicar el hambre que afecta a los niños en el mundo -unos 75 millones, con el cincuenta por ciento ubicado en África-. La segunda parte del acto consistió en una multiconferencia con otros mandatarios mundiales para reafirmar la propuesta humanitaria. Un éxito.
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