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Ahora que está claro que con el Tratado de Lisboa la Unión Europea va a tener un presidente y un nuevo representante de la política exterior, los gobiernos de los países miembros empiezan a poner sus cartas sobre la mesa para negociar quién ocupará esos puestos. Demasiado poder y prestigio están en juego como para que el asunto se convierta en tarea fácil. La batalla ha comenzado y todos saben que los primeros que asomen su candidatura pueden ser los primeros en abrasarla.
Para el prestigioso puesto de presidente del Consejo Europeo, la más alta representación de la UE y el coordinador de todas las cumbres en sustitución de las presidencias semestrales, se ha hablado del holandés Jan Peter Balkenende o del finlandés Paavo Lipponen. La única candidatura que ha salido a la luz es la del ex primer ministro Tony Blair, lo que ha hecho que sea también la primera que empiece a suscitar rechazos explícitos. A Blair lo propuso el presidente francés, Nicolás Sarkozy, y antes de que el actual gobierno laborista británico le diese formalmente su apoyo recibió también el visto bueno de la alemana Angela Merkel, de manera que cuando el irlandés Bryan Cowen dijo ayer que también le apoyaría, el camino de Blair parecía tener todas las puertas abiertas. Pero Blair no tiene solo amigos. En la Eurocámara toda la izquierda, incluidos muchos de sus correligionarios en el grupo socialista, le echan en cara asuntos como su papel en la guerra de Irak, «que ha sido uno de los asuntos que más ha dividido a la UE». Tampoco tiene buena prensa que Gran Bretaña no esté en el euro ni en muchas de las políticas emblemáticas de la UE.
El enemigo, en casa
Pero la principal oposición a Blair viene de su propio país: el responsable de Asuntos Exteriores en la sombra del Partido Conservador, William Hague, ha estado haciendo campaña contra Blair en París y Berlín, De esa campaña, ha emergido como candidato alternativo el primer ministro luxemburgués, Jean Claude Juncker, que ya lo fue hace cinco años a la presidencia de la Comisión, pero se negó a aceptarlo alegando que tenía un compromiso con sus electores en su país de origen.
El presidente francés tiene un interés especial en maniobrar en la designación de estos dos puestos. En la batalla de la reelección de José Manuel Barroso como presidente de la Comisión, quedó claro que Sarkozy había exigido contrapartidas. Su interés por ver a Felipe González en el puesto pareció siempre forzado, primero porque nombrar a dos «ibéricos» en los dos puestos más importantes no respetaría los equilibrios territoriales, y, sobre todo, porque el propio González ha dicho que no está interesado en vivir en Bruselas, «porque no soportaría el clima».
El candidato de más peso que ha salido desde París es el primer ministro, François Fillon. Al principio, como alternativa a Barroso; después, como eventual presidente permanente, a lo que desde el Elíseo se respondió informalmente diciendo que «el presidente de la República no apreciaría ser dirigido en las cumbres europeas por quien ha sido su primer ministro».
Quedaría la posibilidad de que Francia aspirase entonces al puesto de Alto Representante y vicepresidente de la Comisión. Más que a Fillon, se ha escuchado al ministro de Exteriores Bernard Kouchner decir que estaría interesado en suceder a Solana en las nuevas atribuciones, pero desde París hacen saber de otros candidatos: el responsable de Asuntos Europeos, Pierre Lellouche, o el ex ministro, ex comisario y ahora eurodiputado, Michel Barnier.
En este caso, el hábito no hace al monje, sino al revés. Los veteranos funcionarios del Consejo saben que el carácter del puesto recién creado de presidente tendrá mucho que ver con la impronta personal de quien lo ocupe, y que sus manías y preferencias serán reglas para quienes le sucedan. No se espera que proceda de los países nuevos, porque, por ahora, el hecho de que el presidente del Parlamento sea el polaco Jerzy Buzek, puede colmar sus aspiraciones. Pero la puerta está abierta en cuanto a la adscripción ideológica. Se considera seguro que el Alto Representante será de izquierda. El nombre que más suena es el del ex ministro de Exteriores alemán Frank-Walter Steinmeier, aunque dicen sus adversarios que no habla inglés.
Salvar los equilibrios
Para salvar los equilibrios, tampoco se descarta que Barroso pida que sea una mujer, en cuyo caso suena la austriaca Ursula Plassnik, aunque se consideraría un gesto poco elegante hacia la actual comisaria de relaciones exteriores, la también austriaca Benita Ferrero-Waldner. El país que obtenga este puesto no tendrá ningún otro comisario, así que todos quieren mirar bien cuáles son las competencias. Por ahora, el único que de verdad ha dicho que quiere el puesto es el sueco Carl Bildt y también el primero al que le han dicho que no.
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