Lunes, 05-10-09
UN amigo coñón me llamó alborozado en cuanto se anunció que Río de Janeiro sería la sede las Olimpiadas: «¡Te lo dije! ¡Madrid no podía ganar por falta de casticismo!». A juicio de este amigo mío, lo que los trincones del COI exigen a una ciudad para ser agraciada en la subasta del olimpismo es un poco de colorido local; y la ciudad que mejor ha satisfecho esa exigencia ha sido Río de Janeiro. «A los trincones del COI, durante sus visitas a Río de Janeiro, los agasajaban comités de bienvenida en los que no faltaban chicas disfrazadas de Carmen Miranda, que era precisamente lo que esperaban encontrar -sostiene mi amigo-; en cambio, cuando aterrizaban en Madrid, no los agasajaba ninguna chulapa envuelta en un mantón de Manila, lo que provocaba en ellos un invencible desencanto». Esta falta de casticismo del Madrid de Gallardón ha sido, sentencia socarronamente mi amigo, la clave de nuestra derrota: «Porque, en lo demás, Madrid nada tiene que envidiar a Río. Ni siquiera en caos circulatorio, disciplina en la que Río nos aventajaba hasta hace unos meses; pero las zanjas y las vallas del Plan E habían logrado in extremis equilibrar la balanza...».
Si mi amigo tuviera razón y los trincones del COI hubiesen reaccionado contra la falta de colorido local, podría augurarse que la candidatura olímpica de Madrid seguirá infructuosamente en liza mientras Gallardón sea alcalde; salvo que a Gallardón le dé una ventolera castiza, cosa que parece poco probable. Pero más improbable aún parece que a Gallardón se le quite de la cabeza la manía del olimpismo, que tiene metida entre ceja y ceja y que, para regocijo de sus detractores, lo está encaneciendo a ojos vista (empezando, por cierto, por las cejas). En una entrevista que ABC publicaba ayer, Ángel Expósito preguntaba a Gallardón si presentará la candidatura olímpica madrileña una vez más; y Gallardón, un poco mohíno por el varapalo reciente, se resistía, pero a cambio se proclamaba promotor de la candidatura española al próximo Mundial de fútbol. ¿Es que Gallardón no tiene un amigo que le aconseje bien? ¿Es que nadie le ha hecho ver que lo que sus adversarios (de la facción contraria) y enemigos (de la facción propia) desean es, precisamente, verlo reducido a promotor de candidaturas deportivas (preferiblemente fallidas) que acentúen su «perfil institucional» y difuminen su figura política? Siempre he sospechado que la brillantez de Gallardón sólo era comparable a la inepcia (o perfidia) de sus asesores; y su caracterización como Promotor de Grandes Eventos Deportivos no hace sino confirmarme esta sospecha.
Gallardón, cada vez que se hace una encuesta sobre valoración de políticos, aparece encumbrado en la primera posición. En otro tiempo, esto fue fruto de su supremacía incuestionable sobre el pelotón de mediocridades que invade a derecha e izquierda el panorama político; pero, cada vez más, es fruto de esa caracterización institucional que le recomiendan sus asesores. En Gallardón, la gente ve una suerte de figurón que trasciende las reyertas del rifirrafe partidista; pero, a la vez que se perfila como Promotor de Grandes Eventos Deportivos, Gallardón se está quedando fuera de todos los debates ideológicos de enjundia. Sus ineptos (o pérfidos) asesores piensan que tal vez así logran mantenerlo impoluto; pero lo que en verdad están consiguiendo es que su estatura política se empequeñezca y difumine. A fuerza de ser impoluto, uno se puede volver invisible; o, lo que todavía es peor, un figurón institucional altamente valorado, pero ajeno a los debates ideológicos de enjundia. Preferiría ver a Gallardón convertido en adalid del casticismo, como propone mi amigo coñón, antes que en un Promotor de Grandes Eventos Deportivos, como anhelan sus adversarios y enemigos.
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