El Instituto Astrofísico de Canarias cuenta, desde el 13 de julio, con uno de los mayores telescopios del mundo, que comenzó a construirse en el año 2000. En 2010, justo cuando debe producirse su plena explotación, el Instituto verá recortado su presupuesto en un 14,4 por ciento. El Instituto de Salud Carlos III, centrado en la investigación sanitaria, contará con un 10,1 por ciento menos de dinero público. El presupuesto del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat) caerá un 25,9 por ciento. Mientras que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, dependiente del Ministerio de Ciencia e Innovación, lo verá reducido un 13,6 por ciento.
Son sólo unos ejemplos, porque la lista continúa. Los cuadros de las cuentas públicas de 2010, recibidas esta semana en el Congreso, muestran que el presupuesto en I+D+i, distribuido en tres ministerios (Industria, Ciencia e Innovación y Educación), caerá un 5,52 por ciento en 2010, respecto a 2009. En concreto, el Ministerio de Ciencia, que dirige Cristina Garmendia, una de las grandes apuestas iniciales del presidente Zapatero, ha visto cómo su presupuesto de gastos no financieros se recortará un 15 por ciento el próximo año.Un «tijeretazo» que se une al sufrido el año pasado, cuando ya fue del 5,1 por ciento. En dos años ha caído un 20 por ciento acumulado.
Los números rojos dejan en evidencia al jefe del Gobierno. Desde que ganó las elecciones izó la bandera de la ciencia y la innovación como eje de su política económica y ha terminado por dejarla ondear hecha trizas. A la hora de la verdad, cuanto más énfasis pone en la importancia del Ministerio de Ciencia, mayores son los recortes que sufre este departamento, que ha pasado a ser el «patito feo» del Gobierno.
En 2004, Zapatero creó un nuevo Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, que incluía el anterior de Ciencia y Tecnología de la época de José María Aznar. Cuatro años después, el jefe del Ejecutivo cambió de fórmula y creó el Ministerio de Ciencia e Innovación, que incorporaba las competencias de Universidades. Al frente del nuevo macroministerio puso a Cristina Garmendia, llamada a ser una de sus ministras estrella en el Gobierno de su segundo mandato.
El final de la estrella
El «invento» duró exactamente un año. El Espacio Europeo de Educación Superior, el proceso de Bolonia, desbordó a este ministerio, que no soportó la primera crisis de Gobierno, en abril de 2009. Sin más explicaciones, Zapatero deshizo lo que construyó un año antes, quitó Universidades a Garmendia y adjudicó las competencias al Ministerio de Educación, donde nombró a un nuevo ministro, Ángel Gabilondo. El Ministerio de Garmendia no sólo perdió competencias, sino que sufrió continuos recortes presupuestarios.
Por un lado, los gastos no financieros se redujeron un 5,1 por ciento en las cuentas públicas para 2009, el mayor recorte de todo el Gobierno. Además, el Consejo de Ministros eliminó en febrero 160 millones de euros a los créditos ya asignados, y en mayo otros 290 millones de euros. Los programas de investigación han soportado el 30 por ciento del ajuste total de recortes presupuestarios aplicados durante este año.
Al mismo tiempo que su Ministerio adelgazaba hasta quedar famélico, el distanciamiento entre Zapatero y su ministra Garmendia se ha ido haciendo mayor. Prescindir de ella en la crisis de Semana Santa habría tenido el mismo efecto que finiquitar el Ministerio de Igualdad: una autoenmienda a su proyecto político, un reconocimiento de su error y una derrota en una de sus grandes apuestas.
El perfil de la ministra
Mujer, joven, de la cuota vasca, investigadora y moderna, Cristina Garmendia parecía tener el perfil perfecto para guiar los pasos hacia el nuevo modelo económico que quería Zapatero, alejado de los ladrillos. Pronto se comprobó que el Ministerio no funcionaba, la mitad de los créditos se quedaban sin conceder y el caos interno se hacía evidente. La falta de experiencia política de Garmendia unida a la escasez de recursos y a la mala gestión de los que había ha sido un cóctel molotov.
Mientras su estrella se apagaba, la distancia con Zapatero se hizo insalvable, con un efecto reflejo en el resto del Gobierno. Sus discrepancias con el ministro de Industria, Miguel Sebastián, sólo fueron el principio. A estas alturas, Garmendia tiene pocos apoyos dentro del Gobierno.
En su discurso de investidura, el 8 de abril de 2008, Zapatero defendía así su apuesta por la I+D+i: «En los próximo años doblaremos los recursos para ciencia e innovación. La innovación, señorías, es el único camino para garantizar la competitividad de nuestra economía y hoy disponemos de una generación de emprendedores tecnológicos que están en disposición de actuar como líderes del cambio empresarial».
En mayo, en el debate sobre el Estado de la Nación, anunció una ley de Economía Sostenible, que tendría como uno de sus pilares la ciencia y la innovación. La salida de la crisis y la recuperación económica -defendía el presidente Zapatero- exigen en España un cambio en el modelo productivo, donde la I+D+i tenga un peso central. El futuro, pues, debía pasar por la ciencia y la innovación. Y en el último Comité Federal del PSOE proclamó, en contra de los hechos, que «necesitamos imperiosamente que se incremente el gasto, la inversión privada en investigación, desarrollo e innovación».
Pero frente a las palabras, los números son tozudos. El portavoz de Ciencia del PP en la Congreso, Gabriel Elorriaga, sostiene que en el Partido Socialista «falta una estrategia clara y un compromiso firme con la política de I+D+i». A su juicio, el discurso del cambio productivo no es nuevo, pero está mal planteado y plagado de compromisos incumplidos.


