Lo suyo es explorar en tierra incógnita: primer europeo con síndrome de Down en acabar una carrera universitaria, ha ganado la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián. Pero no se siente extraordinario
Publicado Domingo, 04-10-09 a las 01:42
Pablo está bajo los focos con una sonrisa que no le cabe en el rostro. Recién ganada una nueva batalla a sus límites. Rodeado de glamour, admiración y gente que le quiere. «En ese momento me acuerdo de quienes me han apoyado, como es lógico, pero también pienso que soy un privilegiado por haber conseguido cosas que no están al alcance de cualquiera, haya sufrido un accidente cromosómico o no». Concha de Plata al Mejor Actor en el reciente Festival de San Sebastián por su trabajo en la película «Yo, también», de los directores Álvaro Pastor y Antonio Naharro, el premio no ha sido fruto de la casualidad o de la cuota reservada a la corrección política, al reconocimiento de quien es diferente. Pablo ya apuntaba maneras desde niño.
Un chico trisómico-21. Con síndrome de Down. El futuro se dibujaba como una cordillera llena de dientes de sierra, con montañas cada vez más altas, y los pertrechos con los que contaba antes de emprender la marcha no eran mejores que los de los demás. O tal vez sí: unos padres que, tras el disgusto inicial, reaccionaron enseguida y apostaron por él. Cuestión de fe en unos años en que la falta de apoyo y los pronósticos pesimistas de algunos educadores condenaban a Pablo a ser carne de cañón. Maruja y Roque decidieron dar una pátina de normalidad a la vida de su hijo y ofrecerle las mismas oportunidades que a sus tres hermanos mayores. Decidieron ser los sherpas de Pablo en su difícil travesía. Su padre le enseñó a leer antes de que empezara en el colegio. Acabó EGB sin excesivos problemas, así que Miguel López Melero, experto en Didáctica y Educación Especial de la Universidad de Málaga y personaje clave en esta historia, aconsejó a la familia seguir adelante. Tierra incógnita: no había casos en Europa de chicos con síndrome de Down que cursaran ciclos superiores. Pablo pudo con el Bachillerato. Incluso sus notas fueron buenas, mejorando la media de la clase en asignaturas como Historia y Latín. En 1991, en la recta final de tercero de BUP, sus profesores lo vieron claro: podía estudiar una carrera universitaria. Podía escalar el Everest.
Probar lo dulce y lo amargo
Málaga tiene el cielo como panza de burro en este día de resaca de éxitos, pero las nubes amagan y no dan y los termómetros coquetean con los 30 grados. Después del festival donostiarra y antes del estreno de la película el 16 de octubre, a Pablo, 35 años, flequillo moreno y acento de la tierra, le toca lidiar con unos medios de comunicación que le atacan por tierra, mar y aire. No tiene problemas. Le sobran tablas. «Crecí sin la sobreprotección que habitualmente rodea a las personas con síndrome de Down. Eso me ayudó a comprender que en este mundo hay que saber sufrir; es absurdo ocultar la evidencia. Se lo digo constantemente a quienes tienen hijos en mi misma situación: “No los metáis en una urna, estimuladlos”. Que prueben lo dulce y lo amargo de la vida como las demás personas».
Maruja, la madre, no se cuelga medallas. «Mi marido y yo le apoyamos, pero el gran mérito es de Pablo. No habría llegado tan lejos sin su voluntad y esfuerzo». Y Pablo recuerda siempre a su mentor: «Don Miguel luchó a brazo partido para que estudiara Magisterio. No fue mi primera opción, pues a mí lo que me gustaba era el Derecho y el Periodismo; sin embargo, él pensó con acierto que podría ayudar a otros como yo. Además, me encantan los niños». Después de concluir esa carrera llegaría otra vuelta de tuerca: Psicopedagogía. «Me quedan cuatro asignaturas, las más difíciles, que he tenido que aparcar de momento por el cine». Durante unos años compaginó sus estudios con un empleo en el Área de Bienestar Social del Ayuntamiento de Málaga. Entre las clases y el trabajo se metía jornadas maratonianas de más de doce horas. «Disfrutaba mucho organizando “plenos infantiles” en el Consistorio; los chavales se reunían con el alcalde para hacerle preguntas, peticiones... y ponerle en aprietos».
Llorar a moco tendido
Y en esa rutina estaba cuando Álvaro Pastor y Antonio Naharro llamaron a su puerta con una propuesta. Los realizadores habían visto un documental en televisión, «La tesis de Pablo», que recogía la historia de superación de nuestro protagonista. Resultó inspirador. «Les pregunté si estaban bien de la cabeza. Como parecía que la cosa iba en serio abrí un debate en casa. Al principio no encontré muchos partidarios, y yo mismo no estaba seguro de qué decisión tomar. Fue después de una prueba cuando me gusté y me ilusioné, y de paso cambió el parecer de mi familia. El convencimiento llegó por el hecho de que los directores no valorasen tanto la técnica como la espontaneidad y la expresividad. Antonio tiene una hermana con síndrome de Down y conoce esos códigos. No nos engañemos: interpretar un papel en una película no te da el carné de actor. Para eso hace falta oficio. Pero sí podía recrear mi mundo interior, mis sentimientos, mis valores. Ante la cámara te desnudas, revelas tu intimidad. Eso ha sido lo más duro del rodaje. He llorado mucho, pero el equipo siempre me ha arropado».
Recuerda que los primeros días los compañeros le trataban con excesiva delicadeza. Hasta que dijo basta: «¡Metedme caña, no pasa nada! Si yo soy muy exigente conmigo mismo. Y mis hermanos también son críticos, procuran que esté siempre con los pies en la tierra». Así que el rodaje se puso duro. Madrugones. Pablo, quítate los auriculares (es un radioadicto y le gusta escuchar los boletines informativos y música de Bruce Springsteen, Amaral...). Pablo, a repetir escena. Las veces que haga falta. Y se hacía de noche, cenaba y entrenaba con un couch las escenas del día siguiente. A veces le daba tiempo a ver sus series favoritas de televisión («Cuéntame», «Hospital central»... Reconoce incluso que se ha enganchado a «La Señora»). Así durante cinco semanas en Sevilla, Madrid y Mazarrón (Huelva).
En San Sebastián se hizo famoso tras la proyección de «Yo, también». «Público y prensa me paraban por la calle y me decían que tenía posibilidades. Les daba las gracias, pero no me lo creía. Estaba recién aterrizado en Málaga cuando recibí una llamada del productor. “Pablo, coge el primer vuelo y regresa, que has ganado. Y Lola también”. Esas cosas se filtran, ¿no?».
Cuando se le menciona a Lola Dueñas se le ilumina la cara. «Para empezar es un pedazo de actriz. Qué bien se mete en el personaje, la jodía. Pero además es sensible, simpática. Cada vez que yo reía, ella reía; cuando lloraba, ella lloraba. Existe una gran química entre los dos. Mi premio no hubiera tenido sentido sin el suyo. Cuando me lo entregaron se lo dediqué, y al bajar del escenario me estaba esperando de rodillas, pidiéndome perdón, porque se había puesto tan nerviosa que había olvidado hacer lo propio conmigo. Es mi amiga, qué más puedo decir».
Pablo vive estos tiempos dentro de un paréntesis. Así que tiene planes. Liquidar esas cuatro asignaturas que se le resisten y preparar unas oposiciones para obtener una plaza en Bienestar Social. ¿Y el cine? «Tendría que pensarlo mucho. Éste ha sido un proyecto especial, irrepetible, con elementos autobiográficos (¡hasta con frases de mi madre!), en el que me he implicado sentimentalmente como pocas veces en mi vida. No será fácil encontrar algo parecido». Tal vez llegue el momento de pasear un rato por la línea de cumbre antes de luchar por cumplir otro sueño.


