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Desde el primer minuto, algún resorte rechinó en el séquito de Japón. «Dicen que somos desapasionados, que hablamos poco. Pero lo hacemos con espíritu», se reivindicó el presidente del Comité organizador, Tsunekazu Takea. Era la aparición estelar en ámbito internacional del nuevo primer ministro nipón, Yukio Hatoyama, que promulgó el desarrollo sostenible, la armonía y la capacidad trabajadora de su nación. Pero de repente, comenzaron a escucharse chillidos en una presentación formal y perfil muy comedido.
«Podréis venir al karaoke», gritó, estrepitosa, Yuko Arakida, miembro de la comisión de deportistas. Incredulidad general ante la propuesta. Ese arreón espoleó a los japoneses, cuyo tono en do mayor fue secundado poco después por el presidente de su Comité Olímpico, Tsunekazu Takeda, que terminó la exposición varios decibelios por encima del prólogo que encabezó la gimnasta de quince años Resa Mishina.
Confiados en su proyecto olímpico, la delegación asiática no se esperó al resultado de la final. Abandonó entre sollozos el centro de convenciones una vez fueron eliminados en la segunda ronda.
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