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Tremendo el varapalo que sufrió ayer Barack Obama. La asamblea del Comité Olímpico Internacional bajó a la tierra al presidente de los Estados Unidos, que pensó que con cuatro horas de estancia en la capital danesa iba a llevarse los Juegos a la ciudad de Chicago sin apenas despeinarse. Este detalle no gustó a la familia olímpica. En privado comentaron que el «hombre más poderoso del planeta» debería haberse implicado más si quería ganar. La labor de su mujer no fue suficiente.
Tampoco quisieron pasar por alto otro gesto del mandatario norteamericano que no gustó nada. Y es que Barack Obama abandonó la sede de la Asamblea tras concluir la exposición de la candidatura de Chicago sin quedarse a escuchar a las otras tres ciudades, ni a la votación final del olimpismo internacional.
La eliminación de Chicago en la primera ronda demuestra lo que todo el mundo venía advirtiendo en las últimas semanas: que los miembros del COI son impredecibles y que al final votan lo que les da la gana. Pero es justo reconocer que la intervención del matrimonio Obama -también habló Michelle- no estuvo ayer a la altura de las circunstancias o, por lo menos, de lo que se esperaba de ellos y su enorme entorno mediático. Sus dos discursos fueron fríos y distantes. Intentaron con sus palabras tocar la fibra sensible del COI, pero, a la vista de lo ocurrido, los 95 miembros se quedaron impasibles tras oírlos.
El presidente norteamericano tenía cinco minutos para hablar. Sabía que no podía andarse con rodeos e intentó ir al grano. «Vengo a pedirles que elijan Chicago por los mismos motivos que elegí yo vivir ahí hace 25 años. Es la ciudad más americana. Nuestra diversidad será nuestra fortaleza. Les aseguro que si resultamos ganadores Estados Unidos enorgullecerá al mundo».
Michelle, por su parte, no hizo caso de las supersticiones y se enfundó un vestido amarillo pollo para hablar ante el COI. Recordó a su padre -«que murió víctima de la esclerosis múltiple»- y comentó que «le haría mucha ilusión haber podido vivir unos Juegos en su ciudad». Pero el corazón de la familia olímpica no late en una sola dirección. Por eso ayer infligió a Obama su primer revés serio.
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