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Viernes, 02-10-09
ANTONIO WEINRICHTER
Al protagonista de una de las mejores películas del mago del suspense, llamado Roger O. Thornhill, le preguntaban qué significaba la O. «Nada», decía. La nueva película del mago del minimalismo que es Jim Jarmusch es, como la mencionada «Con la muerte en los talones» (pero de modo muy distinto), una pieza sobre la «O».
Si Hitchcock llevaba al límite el juego sobre el macguffin e interfería con el ruido de un avión la explicación final, Jarmusch ha aprendido la lección y prescinde de todo tipo de explicaciones: hay un hombre con una misión, un viaje, intercambio de objetos misteriosos (bueno, son cajas de cerillas) y demás sospechosos habituales.
Pero sólo hay eso: el esqueleto de una intriga, jirones de un tipo de relato que conocemos muy bien y que el narrador no se ha molestado en rellenar. Hay una mujer sexy y enigmática, por ejemplo, pero se presenta directamente desnuda sobre una cama. Hay un villano con una guarida celosamente guardada pero el héroe se introduce en ella gracias al poder de su imaginación (ni Austin Powers mejora el chiste).
Y así sucesivamente: el elegante (y, chisme para melómanos, «ex» de la gran Cassandra Wilson) Isaach de Bankolé mantiene una serie de encuentros furtivos (con Tilda Swinton, John Hurt, Bill Murray y hasta Luis Tosar) que son mera excusa para conversaciones, monólogos más bien (el héroe no suelta prenda), que siguen una lógica serial digna de Beckett. Esta es la versión Jarmusch de «una de espías»: un thriller envasado al vacío. Los fans del género pueden sentirse estafados pero los de Jarmusch no sufren de horror vacui y se sentirán tan fascinados como este cronista.
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