Publicado Jueves, 01-10-09 a las 10:23
Otoño de 1996. En su obsesión iconoclasta, el recién instaurado régimen talibán decreta la destrucción de toda imagen. A lo largo y ancho del país se cierran cines y teatros, televisores y reproductores se apagan, y el propietario de una cinta de vídeo o música corre grave riesgo de ser castigado por ello. Incluso deleitarse con el canto de los pájaros es considerado un delito. El envite talibán, elevado en 2001 a norma por la fatua del Mulá Omar, provoca el espanto de la comunidad internacional, que asiste, sin apenas reaccionar y por televisión, al saqueo del Museo Nacional de Afganistán y a la voladura de los Budas gigantes de Bamiyán, Patrimonio de la Unesco.
Naturalmente, la Filmoteca Afgana, en Kabul, es objetivo prioritario de los muyahidines. Entre sus paredes, la memoria histórica audiovisual de Afganistán resiste parapetada en 6.000 carretes, incluidos medio centenar de documentales y varias decenas de largometrajes. Amenazados de muerte, los 120 trabajadores del archivo huyen al exilio. Todos salvo once, que deciden resistir el envite del Ministerio de Asuntos Religiosos para salvaguardar el patrimonio fílmico afgano.
Lo lograron. «Ocultaron los carretes en falsas paredes forradas con pósters. Por suerte, los talibanes no dieron con el laboratorio secreto», recuerda aliviado Abdul Latif Ahmadi, director de la Filmoteca Afgana, de visita estos días en Madrid para participar en unas jornadas sobre patrimonio organizadas por la Asociación Española de Documentación e Información.
Museo de la Guerra«Los talibanes quemaron buena parte de las películas extranjeras depositadas en el archivo y las copias de filmes afganos que los archiveros les entregaron en lugar de los originales. Querían convertir la Filmoteca en el Museo de la Guerra», rememora Latif Ahmadi, quien alaba la heroicidad de sus compatriotas. «Sabían que si eran descubiertos serían condenados a muerte», señala este ex diplomático y cineasta, incapaz de olvidar la «oscuridad» cultural de la etapa talibán. «Fueron días muy difíciles para la cultura afgana. Muchos tuvimos que huir del país para sobrevivir —él emigró a Turkmenistán, donde fue agregado cultural de la Embajada afgana—. Los centros culturales cerraron». En su lugar hoy hay teterías.
Latif Ahmadi advierte de que el patrimonio fílmico afgano continúa en serio riesgo de desaparecer. «Ni siquiera hemos podido arreglar el aire acondicionado —imprescindible para conservar en buen estado los carretes—. Las bombas caídas durante la guerra civil dañaron seriamente el sistema, y todavía hoy sigue sin funcionar. El miedo a perder nuestro tesoro fílmico persiste», dice el director, que denuncia que la reacción de la comunidad internacional fue «insuficiente».
«Necesitamos urgentemente digitalizar nuestros fondos y, aunque algunos países comprometieron su ayuda, no hemos avanzado. Pusieron en marcha algunos programas, pero no tuvieron en cuenta la opinión de los responsables afganos. Se han olvidado de contribuir en la salvaguardia de nuestra cultura», lamenta el máximo responsable de la Filmoteca de Kabul.


