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Miércoles, 30-09-09
«Creo tener una opinión sobre casi todo. Y si me pregunta sobre algo de lo que no la tengo, la tendré de inmediato». Bill Safire era un brillante polemista. Tuve ocasión de compartir con él varias horas de una tarde de diciembre de 2004 en Washington DC mientras debatía con un grupo de amigos. Por más que intentábamos acorralar -como divertimento intelectual- a este portaestandarte del conservatismo nortemericano, siempre tenía una vía de escape. No en vano llevaba décadas defendiendo sus posiciones en las páginas del izquierdista «New York Times» sin ser callado nunca. Fue un firme defensor de la Guerra Fría y de los pueblos sometidos al cautiverio soviético. No tenía inconveniente en cambiar de posición cuando creía que las circunstancias lo exigían. Trabajó para Richard Nixon como autor de los sus discursos -en los que su amor por el idioma floreció. Proclamó su voto por Bill Clinton en 1992, cuando Bush padre le desencantó. Y después no tuvo inconveniente en apoyar al medio archirrival del «New York Times», «The Wall Street Journal.», cuando la izquierda norteamericana lo puso en el punto de mira por denunciar la falta de ética de los Clinton. Bill Safire no tuvo inconveniente en llamar a la hoy secretaria de Estado «mentirosa congénita».
La grandeza de la política norteamericana hizo que el hijo del presidente al que abandonó por razones ideológicas en 1992 le otorgara la Medalla Presidencial de la Libertad en 2006. A nadie le pareció que eso tuviese nada de especial: la merecía.
Los últimos 18 meses han tenido un coste trágico en vidas de grandes conservadores norteamericanos. A Safire se suman los periodistas Bill Buckley y Robert Novak, o pensadores como el liberal Milton Friedman y el padre del neoconservatismo, Irving Kristol, bien glosado en estas páginas por Florentino Portero. La impronta que dejan da la medida de su pérdida.
HORIZONTE
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