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Martes, 29-09-09
CASI todas las familias y las empresas españolas han reducido gastos, menos el Estado. El Gobierno pide un esfuerzo fiscal a los ciudadanos, pero ¿qué esfuerzo hace el Gobierno? En un Estado que gasta ahora más del doble de lo que ingresa, Zapatero ha pasado de los parámetros socialdemócratas a otra cosa que se perfila a golpe de improvisación y retrogresiones a un radicalismo obsoleto. En términos políticos y económicos, Zapatero ha comenzado a maltratar las clases medias españolas. Necesitado de dopaje político, lo busca en la farmacología radical, en forma de esteroides diseñados por los líderes sindicalistas de la UGT. Ya hemos comprobado que eso pasa indefectiblemente por hostigar al empresariado, atribuyéndole comportamientos insolidarios y codiciosos.
En los cotos de la socialdemocracia europea, la desazón grave de hace unos meses ahora tiene ya rasgos de fracaso electoral en el caso alemán -con el porcentaje más bajo de votos desde 1933- y de fatalismo en el laborismo británico, cuyo congreso anual tiene un tono agónico y de caída libre de su líder, Gordon Brown. Con pérdida de mayoría absoluta, la victoria electoral de José Sócrates en Portugal apenas disimula el alcance de la crisis socialdemócrata generalizada, la psicosis de un centro-izquierda que también pasa por un largo trance de confusión en Francia y en Italia. Las elecciones europeas fueron el prólogo: ahora se confirma que la ciudadanía no confía en la socialdemocracia en horas de zozobra económica.
En el caso alemán la recuperación socialdemócrata tiene un horizonte vacilante, por la aparición del partido La Izquierda, salvo que la nueva generación socialdemócrata practique el «glissement à gauche». Esas cosas no le pasaban a Helmut Schmidt. La democracia cristiana -cuyos resultados no han sido espectaculares- pacta con los liberales, en avance electoral significativo. Varias consecuencias previsibles: menos impuestos, reformas económicas graduales, aproximación a la energía nuclear y un atlantismo más explícito, aunque la guerra de Afganistán sobrevuela de modo aciago el panorama abúlico de la OTAN.
Hay quien desea interpretar el nuevo escenario alemán como negativo para el liderato de Angela Merkel, pero, al menos a primera vista, es todo lo contrario. La nueva coalición reducirá impuestos, en el momento en que Zapatero incrementa la presión fiscal en España. Merkel encabezará, junto a Sarkozy, la recuperación económica de la Unión Europea con un aliado fijo en Bruselas, Durao Barroso. Es una oportunidad propicia para que el PP de Mariano Rajoy vaya posicionando más fichas en el tablero comunitario y, concretamente, en la sala de máquinas del Partido Popular Europeo.
Pierre Rousselin apunta ya en «Le Figaro» que un atlantismo acentuado en Berlín y la autoridad incrementada de Angela Merkel hacen pensar que Alemania será un socio más difícil para Francia. Vienen nuevos equilibrismos para el eje franco-alemán, pero, sobre todo, un mayor dinamismo económico, incentivado por ese pragmatismo de nuevo cuño que probablemente logre reactivar una Europa en período de renacionalización y desconcierto. En las relaciones hispano-alemanas no faltará quien recuerde que Zapatero dijo, después de las elecciones de hace cuatro años, que Angela Merkel era «una fracasada». Un simple tropiezo o uno de tantos: ahora es el instante de crecer o no ser. Según se dice, la tan cautelosa Angela Merkel tiene memoria de elefante. Se le ha criticado su campaña insípida y tediosa. Fue, sustancialmente, una campaña de centro.
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