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Martes, 29-09-09
EL cuarto vicepresidente del Gobierno ha torcido la nariz ante el proyecto de subida de impuestos, que le parece, como a la mayoría, un castigo para las rentas medias y bajas. El cuarto vicepresidente no ha sido nombrado en el BOE ni se sienta en el Consejo de Ministros, pero manda bastante más que el tercero -Chaves- e incluso puede que más que la segunda -Salgado-. El cuarto vicepresidente le calienta la oreja a Zapatero y ejerce su decisiva influencia al mando de una fuerza de choque que el jefe del Gobierno teme como una vara verde. El cuarto vicepresidente de facto se llama Cándido Méndez, es el líder de la UGT y se ha convertido en la referencia de la política económica, con derecho de veto incluido y más poder real de decisión que cualquiera de esos ministros semianónimos a los que el presidente ni escucha ni habla.
Si Cándido Méndez -y su adjunto Fernández Toxo, que ejerce de apéndice como una especie de secretario de Estado- tiene objeciones a la reforma fiscal pueden ocurrir dos cosas: que haya pactado con Zapatero su limitada discrepancia para salvar su imagen populista y para escenificar una cierta distancia que viene bien al Gobierno, o que el proyecto de subida de impuestos pueda todavía sufrir alguna modificación en el curso de las negociaciones parlamentarias. Una cosa es segura, y es que el presidente no va a aprobar una medida que disguste de verdad a los sindicatos, con quienes ha establecido un pacto de hierro para sostener su mortecina política anticrisis. Esta alianza de raíces peronistas otorga al poder un aval de tranquilidad social a cambio de anclar sus decisiones al visto bueno de los aparatos sindicales, que se han venido arriba y se sienten con fuerza suficiente para bloquear cualquier reforma estructural, exigir un gasto público creciente y señalar a los empresarios como enemigos del pueblo.
No sería extraño, pues, que los mohínes de disgusto de Méndez y Toxo tengan alguna repercusión, por vía de enmiendas, en el recorrido político del nuevo marco fiscal. El Gobierno al respecto tiene poco margen... si respeta su promesa de no tocar las rentas del trabajo, el IRPF. Le queda la ecotasa de los combustibles, las sicavs de los millonarios y poco más. Está emparedado entre las exigencias de la izquierda y el rechazo de las encuestas a un apretón fiscal. Pero con la de ricos que según los socialistas hay en España sin que ellos lo sepan, puede resultar toda una tentación progresista meterles la mano en la cartera.
Claro que también es posible que mantener una vicepresidencia de facto, con todas las prebendas y beneficios de una interlocución privilegiada, exija a Méndez tragar de vez en cuando algún sapo con el café del desayuno. El poder exige a veces el pago de algunas facturas, en forma de pequeñas traiciones que casi siempre suponen la desautorización de uno mismo.
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