El Museo Thyssen reivindica en una gran monográfica con 70 obras la figura esquizoide de este artista francés del siglo XIX, tan ilustre como desconocido, discreto y provocador, clásico e innovador. Un inmenso pintor aún por descubrir en toda su grandeza
Un visitante admira las obras de Fantin-Latour en el Thyssen
Actualizado Martes, 29-09-09 a las 13:36
Resultaría difícil encontrar uno de los grandes museos del mundo que no tenga entre sus fondos un «Florero» de Fantin-Latour. Sus naturalezas muertas con flores se hicieron muy célebres y cotizaron al alza. Pero, precisamente ése, el de «pintor de floreros», es uno de los sambenitos con los que ha cargado a cuestas siempre este artista francés. Y desde luego es mucho más que eso. Basta con pasear por la exposición con la que inaugura temporada el Museo Thyssen para comprobarlo. Las antiguas salas de exposiciones temporales de la planta baja —las mismas que ofrecieron a Francesca de Habsburgo para exhibir su colección de arte contemporáneo y ésta rechazó— vuelven a ver pintura colgando en sus paredes como antaño. Pintura de la buena, excelente.
Hay floreros, faltaría más, de importantes museos de Europa y Estados Unidos, pero también retratos, interiores con figuras, alegorías musicales... Tuvo la mala suerte de coincidir generacionalmente con los impresionistas. Éstos, con su excesivo ruido y fuego de artificio, criaron la fama. A Fantin-Latour le tocó cardar la lana. Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, le dibuja como «un pintor esencialmente discreto y tímido, elusivo y escondido... Un pintor recogido, como sus temas: escenas íntimas, retratos silenciosos, naturalezas muertas. Hay que ir a buscar su pintura y detenerse ante ella unos minutos». Émile Zola dijo que los cuadros de Fantin-Latour «no provocan una atracción inmediata; es necesario observarlos detenidamente, introducirse en ellos para que su conciencia y la sencillez de su verdad nos atraigan completamente y nos atrapen».
Sus detractores le acusaban de ser excesivamente realista y academicista. Y en parte no les falta razón, pero, como apunta Vincent Pomarède, conservador de pintura del Louvre y comisario de la exposición, Fantin-Latour «es un artista complejo, tan realista como idealista, un naturalista con la imaginación llena de sueños y de meandros poéticos. Un creador diferente, con una mirada tan erudita como sobria y directa, discreto y provocador a la vez, clásico e innovador».
¿No se puede ser un hombre moderno, de ruptura, sin ser un provocador?, se pregunta Pomarède. Su innovación en pintura, pues, no llegó con el ruido de los impresionistas. Todo lo contrario: lo hizo impregnando sus cuadros de silencio, melancolía, intimidad, sentimientos... y con su deseo de «encontrar el alma de los objetos y seres que pintó». Si hay una palabra que defina su pintura, ésa es elegancia. Sus cuadros destilan elegancia por todos sus poros y pigmentos.
Así se aprecia desde el comienzo de esta exposición, producida en colaboración con la Fundación Gulbenkian de Lisboa, donde se vio este verano en una versión más ampliada. En Madrid ha habido que reducirla por problemas de espacio. De hecho, como confesaba ayer Guillermo Solana, han sido tantos los problemas para adaptar la muestra a estas salas que hasta estuvo a punto de tirar la toalla. No lo hizo, afortunadamente, gracias al apoyo de la baronesa Thyssen, presente ayer en la rueda de prensa posterior a la reunión del Patronato del museo. «Me gusta Fantin-Latour desde pequeña», reconocía Carmen Thyssen. La muestra arranca con una sala en la que se enfrentan siete de los cerca de 50 autorretratos del pintor con algunas de las numerosas copias que hizo por encargo de las obras de los maestros que cuelgan en el Louvre: Delacroix, Tiziano, Tintoretto, Veronés... Su actividad como copista tampoco ayudó a que se le valorara demasiado. Lo mismo ocurrió con sus naturalezas muertas con flores, tan solicitadas en Iglaterra como denostadas en Francia por su éxito comercial.
Sus escenas de lectura y, especialmente, sus retratos, marcan la parte más emocionante de la exposición. Fantin-Latour (1836-1904), hijo y sobrino de pintores, retrataba casi exclusivamente a familiares, amigos y personas a las que admiraba. Uno de los más hermosos es el retrato de su cuñada, Charlotte Dubourg, préstamo del Museo d'Orsay, al igual que la joya de la exposición: «Un rincón de mesa». Es un cuadro con historia. El protagonista iba a ser Baudelaire, pero una disputa en el mundo literario parisino cambió radicalmente el proyecto. La pintura se tornó en un homenaje a la nouvelle vague, con Verlaine y Rimbaud como nuevos protagonistas de este magnífico retrato colectivo. No sólo Baudelaire desapareció del cuadro; Albert Mérat fue sustituido por un ramo de hortensias. Es conocida la pasión de Fantin-Latour no sólo por la pintura, sino también por la literatura y la música. Se inspiró para algunas creaciones en Schumann, Brahms, Berlioz y, muy especialmente, en Wagner, de quien era fan confeso.
Precisamente, la música juega un papel decisivo en la última parte de la muestra. Más flores en las paredes (en esta ocasión, tristes, melancólicas) dan paso a sus alegorías musicales basadas en «Tannhäuser», «Lohengrin», no faltas de erotismo. Para erotismo, el que nos espera este otoño en el Thyssen con «Las lágrimas de Eros».


