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Momias Paracas En la trastienda del Museo de América
Actualizado Domingo, 27-09-09 a las 11:37
El pasado día 9, a las ocho y media de la tarde, llegaban a su destino en Madrid 82 piezas de los ajuares funerarios, mantos para la eternidad y otras vestiduras con que los miembros de las culturas Paracas, Topará y Nazca -hace de ello más de dos mil años-, amortajaban y envolvían a sus muertos, no sólo inmediatamente después de su fallecimiento, sino a lo largo de generaciones, de tal manera que los cadáveres adquirían otra «vida» mientras iban pasando de difuntos a ancestros.
Hemos quedado en el interior del Museo de América, a orillas del Faro de Moncloa, en Madrid, con Ana Verde Casanova, conservadora jefe de los fondos de la América Precolombia y comisaria de esta exposición. Aún no se han abierto las cajas con los tesoros y mientras éstos acaban de reposar -deben hacerlo al menos 48 horas- nos cuenta lo que estamos a punto de descubrir. «Hay mantos, ponchos cerrados, esclavinas, turbantes, binchas o cintas de cabeza, sudarios, faldas masculinas, guaras o taparrabos, anacos o especie de túnica femenina... Eran piezas especialmente hechas para los enterramientos, no como las que usaban en vida, de una complejidad técnica admirable: sobre telas llanas de algodón con trama y urdimbre se bordaba con agujas de cactus en fibra de camélido (llama y alpaca), la misma con que se hacían los flecos. Todos los tejidos pertenecen a la necrópolis de Wari Kayán, en la Península de Paracas, una zona desértica al sur de Perú, donde el «guaqueo» o profanación de tumbas a finales del XIX los dio a conocer, pero que sin ir avalados por datos arqueológicos no se supo asignar ni geográfica ni culturalmente. De modo que, simplemente, se empezaron a vender y a verse en museos europeos y americanos unos textiles muy catacterísticos por sus diseños y colores. No fue hasta 1925 cuando un «guaqueador» señala el lugar de donde los están obteniendo y Julio Tello, padre de la arqueología peruana, realiza una campaña de excavaciones que dura unos cuatro años en la que desentierra 450 fardos funerarios, compuestos por más de 4.000 textiles, de ellos 200 mantos, así como piezas de orfebrería, cerámica y armas».
Aunque en el Museo de América se expone habitualmente una momia Paracas con su ajuar, y pese a que en 1929, para la Exposición Universal de Sevilla, Tello trajo a España los primeros mantos descubiertos en Paracas, ésta es la segunda vez que una muestra tan extensa como la que guardan los arcones que tenemos ante nuestros ojos viene a Europa. La primera de tales proporciones viajó el año pasado a París, al museo Quai Branly, patrocinador de la restauración de los textiles, donde cumplieron con las grandes expectativas que su exhibición había provocado. Por eso Ana Verde no duda de que en Madrid ocurra lo mismo. «Son piezas únicas, muy frágiles, de una gran calidad técnica y una belleza estética fabulosa. Tenga en cuenta que los tejidos tienen una connotación especial en el mundo andino, sobre todo en Perú,donde adquirían un grandísimo valor social, político, religioso y étnico, de tal forma que, para ellos, tenían el valor que para nosotros tienen los metales nobles».
Haydeé Grandez, la conservadora y representante del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú y del Museo Regional de Ica, es la correo que ha velado en el viaje por la integridad de las piezas. Ahora, en la sala en semipenumbra de la galería de la planta baja -la potencia lumínica debe ser inferior a 50 luxes para no dañar las telas- y pertrechada de máscara y guantes, empieza a desembalar el tesoro que salió de Lima el 7 de septiembre. La escolta está acompañada de conservadoras del Museo de América y del arquitecto que ha diseñado la muestra, Ginés Sánchez Hevia, al que también se debe la idea de instalar los impresionantes mantos sobre lienzos de retor, donde sólo con el roce quedarán sujetos, sin necesidad de otro ingenio que pueda dañarlos, para luego colocarlos en planos inclinados. «Nunca antes -asegura- se había hecho así».
Ni un paso sin control
Los mantos vienen envueltos en tisúes, papeles sin ningún tipo de ácido, y enrollados dentro de unos tubos con los bordados hacia afuera para que ni se compriman ni se aplasten. Luego, uno a uno, los han colocado sobre el retor, desenrollándolos suavemente, para con las manos enguantadas corregir las mínimas arrugas que pudieran haberse producido. Sin más manipulación, unos operarios cargan el lienzo y lo introducen en la vitrina. Antes, el tejido ha sido examinado minuciosamente por la correo y las especialistas españolas, y cotejado hasta el último detalle de su estado, según análisis antes de la partida, y en este momento de la llegada. Se rellenan entonces unas fichas exhaustivas. Y la correo no quita el ojo de la pieza hasta que el cristal que lo protegerá hasta finales de febrero de 2010, cuando haya de ser embalado de nuevo para el regreso, selle la vitrina. «En el traslado en avión se ha mantenido una humedad de entre el 50 y el 60 por ciento y una temperatura de 17 a 20 grados centígrados. Hasta el avión y desde él, las cajas viajan en un camión blindado climatizado, videovigilado y con seguimiento vial por GPS, donde permanecen en las mismas condiciones, escoltados por agentes de seguridad. Aduanas ha tenido mucho que ver en el control del transporte desde el principio, con el embalaje en Lima, hasta los peritajes minuciosos en los aeropuertos para verificar cualquier imprevisto. Por supuesto -añade Grandez- que los seguros para el viaje son astronómicos, pero siempre inferiores al valor incalculable de piezas únicas con tanta carga histórica».
Porque las momias de Paracas, explica Ana Verde, son un culto ancestral de la tradición del mundo andino, «que se remonta más allá de Paracas, en el horizonte temprano, y que sigue hasta la cultura Inca, en el horizonte tardío, cuando sacaban a sus momias o panacas, las paseaban y las volvían a enterrar. Con el «guaqueo» -se lamenta- se ha hecho mucho daño porque en arqueología cada tumba es una página de un libro abierto que en cuanto se remueve es como si se arrancara y ya nunca se puede volver a leer».
El latido de un abanico
La necrópolis de Wari Kayan tampoco se salvó del saqueo. No obstante, el equipo de Tello logró recuperar casi 450 fardos completos , algunos simples y otros complejos con cadáveres envueltos en más de cien telas. Al muerto, puesto en cuclillas sobre un cesto, se le amarraban los brazos y las piernas en posición fetal, se les ataban los dedos de manos y pies, un cuenco bajo la barbilla les sujetaba el mentón y con láminas de oro se tapaban los orificios; después, eran envueltos en un sudario, con el que se quedaban los más sencillos. Sólo los miembros de elevado rango social tuvieron un tratamiento preferencial después de la muerte y a la mortaja se le fueron añadiendo más textiles, hasta crear una falsa cabeza sobre la que se colocaban turbantes, narigueras, orejeras y diademas, y a las que se añadían ofrendas de cerámicas, armas como mazas o alguna punta de flecha de oxidiana y hasta agujas de tejer. Estos fardos se abrían cada cierto tiempo para añadir nuevas dádivas y se volvían a cerrar llegando a formar en algunos casos bultos cónicos de hasta metro y medio de altura con un diámetro de 1,30 metros y un peso de más de 100 kilos. El abanico que portaba el difunto, con mango de fibra vegetal y cuerpo de plumas de cóndor u otras aves de Amazonía, era el corazón del fardo.
En la sala del Museo de América el tesoro de Paracas va tomando meticulosamente su sitio. Bajo la luz tenue, Concepción García, la directora, admira la joya prestada. «Ahora es la maravilla que podemos ver en casa, con la que poder fascinarnos por su belleza, su complejidad y todo lo que nos enseña de una tradición andina que llega hasta nosotros. No sólo estamos ante la muestra de uno de los yacimientos de momias más importantes del mundo, sino ante una fuente de conocimiento que aún se explora y que provoca respeto y admiración». Colocado el último abanico bajo la protección de un tul, la exposición late. Resta sólo el asombro del visitante ante los «Mantos para la eternidad».
POR VIRGINIA RÓDENAS FOTOS: JOAQUÍN OTERO
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