Viernes, 25-09-09
Ahora que el salón de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ya no huele a azufre porque el ex presidente George W. Bush no está, el aroma que se ha instalado entre los asistente es el de las más puras flores del «hippysmo»: Todo son buenos deseos y paz y amor para todo el mundo. Yo no sé de dónde ha sacado Obama, por citar un ejemplo, a su «speechwriter», pero a tenor de lo oído, no muy lejos de los restos de alguna comuna californiana de los años 60.
Paz, seguridad, energías limpias y prosperidad. A eso no hay quien se resista. Pero el problema no está en enunciar los males que nos aquejan o los ideales hacia los que marchar, sino cómo llegar a ellos, con qué políticas, con qué calendarios. Y de eso poco se ha escuchado hasta ahora en la sede de la ONU.
Obama quiere paz entre israelíes y palestinos, pero no se quiere dar cuenta de que la desea más que los propios implicados y que mientras sus condiciones no sean aceptables para todos, cuanto diga o haga al respecto acabará en fuegos fatuos. También aspira a un mundo libre de armas nucleares, pero ahí el mundo tampoco le sigue: los rusos son cada días más dependientes de ellas para salvaguardar lo poco que les queda de potencia, los coreanos se aferran a las suyas y Ahmadineyad, lo ha vuelto a repetir ante la Asamblea, de parar su programa, nada de nada.
Obama ha demandado responsabilidad a los miembros de las Naciones Unidas. Quiere que la retórica se vea acompañada por los hechos, pero la ONU es un gran altavoz, no una herramienta para la acción. Ni siquiera para la autocrítica. Como bien sabemos, hay quien culpa de la crisis económica al cambio climático, al no poder identificar a ningún «neocon» en la sala.
Desde su origen, la ONU es un ejercicio de cinismo. O si se es más benigno, de esperanza. Ambos pésimos pilares para mejorar el mundo.

