Valoración:
El último emperador
Bernardo Bertolucci había ajustado cuentas con su Italia natal en «La tragedia de un hombre ridículo» cuando cayó en sus manos una historia que inició su andadura viajera, le permitió acometer su primera superproducción internacional y fue y es uno de sus títulos más populares.
Contaba también la tragedia de un hombre al que nadie se atrevería a calificar de ridículo: el último emperador de China (si descontamos a Mao), que había escrito su autobiografía, «De emperador a ciudadano», cuando cayó en desgracia. Pu Yi había tenido un poder absoluto sobre cientos de millones de chinos pero sólo de los 3 a los 6 años. En 1912 abdicó y siguió gobernando en un palacio que ahora era sólo un gigantesco decorado. Luego colaboró con los japoneses cuando invadieron China en 1934; y en 1950, cuando los comunistas toman el poder, le consideran un criminal de guerra, le obligan a recibir instrucción maoísta.
Bertolucci consiguió en 1988 la aprobación de la inescrutable cúpula china («Encantados de ver la historia de quien pasó de dragón a hombre», decía el telegrama) y se convirtió en el primer director occidental en obtener permiso para rodar en la Ciudad Prohibida. Con un presupuesto desorbitado entonces para un autor europeo (25 millones de dólares), se embarcó en la aventura de rodar en China una película sin más estrellas occidentales que Peter O´Toole. Pero supo rodearse de un director de fotografía (Vittorio Storaro) y un músico (Sakamoto) en estado de gracia y Bertolucci no perdió un ápice de la sensualidad de su cine. Miles de extras, reclutados irónicamente del Ejército Popular chino, vuelven a escenificar aquéllo con lo que acabó Mao, la idolatría dinástica. Bertolucci dijo que ésta era su obra menos autobiográfica, pero el psicoanalítico cineasta cuenta aquí en realidad la historia de un hombre marcado por una infancia realmente especial. Supo conjugar sus inquietudes de autor con el cine de gran espectáculo, superó el reto de rodar en el corazón del régimen comunista dejando -dijo- que China entrase en su película y Hollywood premió la jugada con nueve doradas estatuillas (Pu Yi, en su buena época, las hubiera usado para jugar a los bolos).
Valoración:

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...