En «Atrápame si puedes», estupenda película «menor» de Spielberg, Leo DiCaprio traía de cabeza al FBI gracias a su capacidad para adoptar cualquier identidad, como Zelig, pero bajo control. En «¡El soplón!» (a qué vendrá tanto signo ortográfico), otro Steven, Soderbergh, dibuja un personaje no menos liante y amoral, aunque sus fines sean más inocentes. (Y ya se sabe que no hay nada más peligroso que un tonto).
Matt Damon compone de manera sobresaliente y con el único disfraz de un ligero sobrepeso un personaje que sólo podía estar inspirado en un caso real. Mark Whitacre es un ejecutivo de una multinacional agroalimentaria que tiene el dudoso don de llevar sus mentiras compulsivas hasta las últimas consecuencias, aunque eso le suponga acabar como infiltrado del FBI en la misma empresa que le brinda un envidiable porvenir.
Soderbergh se las arregla para explicar con relativa sencillez una serie de engaños que sólo están al alcance de mentes como las de Bernard Madoff o Lex Luthor. Tiene tiempo incluso de barnizar su historia, desde los títulos de crédito, con una apropiada estética «setento-ochentera». Más inteligente aún resulta el recurso, decididamente cómico, de regalarnos la posibilidad de escuchar los pensamientos del protagonista, casi siempre peregrinos y rara vez relacionados con lo que está haciendo en cada momento. Es ahí donde sobresale de verdad el guión de Scott Z. Burns, en su capacidad para enriquecer un personaje que podría resultar oscuro con unos monólogos interiores delirantes. Al final, sin embargo, puede llegar a aturdir la espiral de trolas y grises engaños financieros. Como Ang Lee, Soderbergh salta entre géneros con velocidad y sin complejos, pero quizá se excede en su hiperactividad o le falte a su lado un escriba fijo de la talla de James Schamus, verdadero ingrediente secreto del director de «Brokeback Mountain».

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