El director Isaki Lacuesta, rodeado por los actores Arturo Goetz y Daniel Fanego / AFP
Actualizado Viernes, 25-09-09 a las 20:07
«Los condenados», del catalán Isaki Lacuesta, es la última curva antes de llegar mañana a la meta de los premios; una película seria, o más aún, circunspecta, que da la impresión de querer tratar algo grave, agotador, y que se desenvuelve en un terreno más metafórico que real (de hecho, no se sabe en qué lugar concreto del cono sur americano ocurre, aunque haya un cierto y delator acento argentino en los actores)... El argumento reúne a dos generaciones (los ex guerrilleros de entonces y sus hijos de ahora) en la selva y a la búsqueda de los huesos enterrados de un mítico compañero al que mataron los «milicos»... Aunque la mejor línea del guión es el rostro en primer plano de Daniel Fanego, probablemente la única cuerda tensa en esa historia entrecerrada y sin ningunas ganas de abrirse o ser abierta. Alrededor de ese rostro que no necesita texto para ser oído y entendido, hay poco más que la voluntad del director en abrumarlo todo (así termina) y en que la ceremoniosa cámara busque sin encontrar más cosa que desinformación; hasta tal punto, que uno de los personajes, obviamente mal informado, considera que los asesinos de ETA son el pueblo vasco que resiste.
Tal vez Lacuesta quiera darle una vuelta a ese viejo asunto de la lucha armada, a los cuándos, cómos y porqués, o tal vez lo que pretenda sea acomodar entre esos huesos que no aparecen la idea de la memoria histórica, pero se queda en el mero husmeo o merodeo de lo que pretende, sin entrar ni en ésta ni en otras tumbas, siguiendo a unos personajes que sólo al final se dignarán a desempolvarse, a resolver una intriga que apenas si había conseguido intrigarte. Sí tiene «Los condenados» un momento de riesgo, y lo protagoniza la hija del ex combatiente enterrado, cuando en un largo y creíble plano nos cuenta a todos el sabor que esos huesos le han dado al caldo turbio de su vida. Es la tercera película de Isaki Lacuesta («Cravan versus Cravan» y «La leyenda del tiempo»), y la primera que en esencia es de «ficción» aunque a veces parezca sobrarle el término.
La coreana «I came from Busan», de Jeon Soo-il, se reducía a unos largos paseos de la cámara tras (o delante) una joven que da a luz en las primeras escenas y cede al bebé para que lo adopten. Los soliloquios del personaje con fondo de puerto o mercado coreano, un final grotesco y poco más.
Arrimar la Concha a la orejaEl director francés Laurent Cantet es el presidente del jurado que mañana concederá los premios. Por nacionalidad y filosofía de festival no sería raro que las películas de Bruno Dumont («Hadewijch») o de Christophe Honoré («Making plans for Lena») estuvieran en la brega por la gloria del palmarés, habiendo sido probablemente las más flojas de toda la sección oficial. No hay, en cambio, muchas posibilidades de que «El secreto de sus ojos», de Campanella, que ha gustado a prácticamente todo el mundo, satsifaga lo que busca un jurado con su gran premio: inventar. «El secreto de sus ojos» está ya inventada y ningún jurado podrá darle lo que ya tiene ella de antemano. «Yo también», el título de Álvaro Pastor y Antonio Naharro, es igualmente una de las favoritas, o lo deberían ser al menos sus protagonistas, Pablo Pineda y Lola Dueñas. Ricardo Darín, el anciano turco Mithat Esmer, el argentino Daniel Fanego, Soledad Villamil o la francesa Isabelle Carré podrían subirse a algún peldaño del palmarés, junto a la espectacularidad en blanco y negro de la china «Ciudad de vida y muerte».



