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Tal día como hoy de 1949, Bruce Frederick Joseph Springsteen Zirilli nacía para correr y convertirse en el cachas del rock and roll. Hace una semana lo celebró cantando a pleno pulmón e ironía el «(I can't get no) Satisfaction» de los Stones
En una humilde cocina de Nueva Jersey, Douglas Springsteen apura otra cerveza, la amarga espuma de los días de un parado. El chirrido de una guitarra se le mete entre ceja y ceja. Desde que vio al tal Elvis en la tele, Bruce, su hijo, ha enloquecido. Cuando el 23 de septiembre de 1949 Bruce llegó a este valle de lágrimas, Douglas pensó que sería carne de cañón, el empleado del mes del burger de la esquina. Pero el chaval tiene un sueño: ser una estrella de rock and roll. Un día, alguien ve en él al nuevo Dylan. Verborrea dylaniana no le falta. Y le pone música en sus primeros y torrenciales dos discos: Greetings from Asbury Park y The wild, the innocent... Rock correoso. La chupa de cuero le gana el pulso a los pantalones campana, y Bruce se convierte en el molotov del rock con Born to run, un credo laico de chicas, coches y huidas hacia adelante: «Nena, hemos nacido para correr». América está oscura, y el chaval se hace un hombre, un tipo que cree en la tierra prometida, que se ha atiborrado de uvas de la ira y las vomita en Darkness on the edge of town. No hay reloj que pueda marcar las horas de sus conciertos maratonianos. Ni termómetro que pueda medir la temperatura musical del apabullante The river, y luego Nebraska, otro viaje al corazón de las tinieblas yanquis.
Envuelto en barras y estrellas, el camionero vuelve a escupir verdades como puños en Born in the USA. Ya es El Jefe, y se echa novia, y se casa, y se mete hasta las cachas en el Tunnel of love. El paso del tiempo, un brillante disfraz, es su estribillo. De vuelta de la fama, mirando hacia atrás con ira, se encuentra con El fantasma de Tom Joad, el de Steinbeck. Caen las Torres Gemelas y de sus cenizas renace un gigantesco ave fénix: The rising. El polvo y el diablo fluyen por las venas del desolador Devils and dust. Después, dónde ir a buscar. En el baúl de los abuelos como Pete Seeger. Bruce lo borda en sus Sessions, pura pradera en llamas. Pero vuelve al redil «pop» toda la cara: en Magic guiñándole un ojo a la chicas de cualquier verano, en Working on a dream sacando a bailar a Obama, la política hecha soul. El círculo se cierra. Y Bruce tira la llave hace una semana cantando en Carolina del Sur el Satisfaction de los Rolling. Como aquel quinceañero de Freehold. Yo lo tengo claro: ¡Felicidades, Jefe!
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