Dominique De Villepin, a su llegado hoy al juicio por el caso Clearstream / AFP
Actualizado Martes, 22-09-09 a las 11:15
Esa frase de Nicolas Sarkozy, citada por sus biógrafos más fieles, ilumina la apertura del proceso Clearstream con su lívida luz de escándalo de Estado.
Durante cinco semanas, el Tribunal de París intentará esclarecer una siniestra trama de odio, corrupción, falsificación y tráfico de falsedades manipuladas por parte de los más altos responsables de la diplomacia, la industria de armamentos y el espionaje nacional.
Primera víctima, entre otra larga docena de personalidades: Nicolas Sarkozy, ministro de economía cuando ocurrieron los hechos (2004), y actual presidente de la República.
Primeros sospechosos: Dominique de Villepin, ex primer ministro, antiguo ministro del interior y ministro de asuntos exteriores cuando estalló el escándalo; Jean-Louis Gergorin, ex número tres de EADS (European Aeronautic Defense and Space Company), el primer constructor europeo de armamentos, especialista emérito en cuestiones de espionaje industrial y estrategia militar; e Imad Lahoud, un “ingeniero” especialista en informática.
El fiscal del Estado ha declarado su convicción íntima: Villepin era el primer beneficiario, si no el instigador, de la fabricación y difusión de falsos documentos bancarios con el fin de destruir la carrera política de Sarkozy. Meses antes, Villepin ya pudo “dinamitar” el matrimonio de Sarkozy con Cecilia Ciganer haciendo circular documentos policiales sobre posibles infidelidades.
Siendo Villepin el posible “cerebro” del escándalo, Gergorin ha reconocido ser el “cuervo” que escribía cartas acusadoras, dirigidas a jueces y periodistas, enviando falsas listas bancarias manipuladas, sobre listas auténticas, por Imad Lahoud.
Según la primera versión del fiscal del Estado, Gergorin está en una fatal encrucijada de Estado: él era el único personaje que trataba, al mismo tiempo, con el “cerebro” (en la cúspide del poder político, a la diestra del presidente de la República), con el “obrero” y con el general Philippe Rondot, uno de los grandes espías de Francia, “consejero” del ministerio de la defensa, cuyos cuadernos de notas han permitido seguir la pista del escándalo hasta las más oscuras letrinas de Estado.



