Viernes, 18-09-09
HAY un axioma de consultoría política que todo dirigente de poder debería tener enmarcado sobre su mesa: las elecciones las pierden los gobiernos. Se trata de un mal consejo para la oposición -aunque Rajoy parece seguirlo al pie de la letra-, que puede tender a acomodarse como los delanteros oportunistas, esperando el fallo del adversario en vez de anticiparse a él; pero es un recordatorio imprescindible para todo el que tiene responsabilidades de gobernanza. Los vuelcos se producen cuando el poder pierde el rumbo y la frescura, cuando se agrieta su cohesión y el ensimismamiento o la soberbia provocan un agotamiento de la confianza. Pues bien: eso es exactamente lo que le está pasando a Zapatero, que en su burbuja autocomplaciente y cesárea ha empezado a perder apoyos y a sembrar dudas entre sus propios partidarios justo cuando el país -con minúscula- necesita un liderazgo más consistente.
El ataque en tromba de la socialdemocracia periodística contra el Gobierno no constituye un episodio baladí atribuible tan sólo a la pérdida de favores institucionales. Es evidente que sin los juegos de aprendiz de brujo en los que el presidente se ha enredado con sus amigos de la comunicación no habría sufrido una embestida tan contundente, pero también lo es que existe una vieja desconfianza de fondo entre la vieja guardia del gonzalismo. Encerrado en su laberinto de autosuficiencia y contorsionismo, Zapatero ha pisado con descuido varios cables de alta tensión a la vez: ha cabreado al grupo Prisa, ha despreciado los consejos de los tardofelipistas, ha orillado a la intelectualidad de izquierda y se ha empeñado en crear su propia guardia pretoriana y en buscar el blindaje populista de los sindicatos. Todo ello en medio de una delicadísima crisis que amenaza con írsele de las manos y que proporciona munición obvia para un argumentarlo de críticas.
El distanciamiento entre el zapaterismo y el núcleo duro de la socialdemocracia sistémica puede ser, si se consolida, una tumba política para el presidente. Las dos victorias del PP se produjeron gracias al absentismo electoral de una parte significativa de la izquierda, decepcionada por la falta de liderazgo en el PSOE. ZP ha confiado su futuro a la vigencia de su magnetismo populista, a una especie de alianza demoscópica con los jóvenes, las mujeres y los sectores más desprotegidos ante la quiebra social, pero su alto techo de voto no puede sostenerse sin el apoyo de una burguesía progresista que ha empezado a dudar seriamente de su solvencia. Zapatero nunca ha estado más solo en el poder, ni más aislado de sus respaldos naturales. El abandono de la inteligencia del partido es patente y notorio, al igual que la disconformidad de muchos intelectuales y líderes de opinión de izquierdas. No irreversible aún, pero el punto crítico de no retorno se acerca. Y se trata de uno de esos momentos en que se puede incubar un cambio de ciclo.