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Viernes, 18-09-09
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
Tras una primera escena escalofriante, más a tono con el género negro o western que el género tarantino, y en la que aparecerá y asombrará ya el gran protagonista de esta película, el coronel nazi Hans Landa (Christoph Waltz es el propietario del 90 por ciento del interés de «Malditos bastardos»), comienza esta especie de divertimento histórico, o bélico (de ambas cosas se burla Tarantino), situado en la Francia ocupada durante la 2ª guerra mundial. El armatoste fílmico tiene algunas de las viejas virtudes de Tarantino (ingenio, despliegue visual y musical, acción), pero se enreda en un defecto nuevo, insospechado en Tarantino: la construcción de sus personajes, siempre esplendorosos y nítidos, y aquí en cambio mal definidos, opacos, embrollados, sin apenas entidad, salvo el del mencionado coronel nazi.
Como en buena parte del cine de Tarantino, la venganza es uno de los motores del argumento; en esta ocasión, la de una joven resistente que vio cómo el coronel Landa masacraba a toda su familia. También mueve una sed de venganza (aunque ellos muestren más una sed de diversión sádica) a esa patrulla de «malditos bastardos» que dirige el teniente Brad Pitt y que se dedica a practicar entre los nazis que atrapan una peculiar cirugía y un moderno afeitado.
«Malditos bastados» es una película de tamaño XXL, con secuencias elaboradísimas y larguísimas, resueltas por el director Tarantino con un cierto empaque «clásico», y que se salta entre ellas con el mismo regocijo que en una cama elástica. Pero toda esa diversión y brillantez no le impiden a uno tropezarse en la madeja embarullada por los varios hilos argumentales y los personajes que entran y salen de la escena de un modo convulso. Y como consecuencia, que en el enredo se pierda algo de lo esencial de esta película, y que viene a ser el ocurrente puntapié que el provocador Tarantino le da a los libros de Historia, y organiza un desarrollo de la suya, la que cuenta en la película, que se convierte en una delirante ucronía (un complot contra Hitler que nunca ocurrió, al menos tal y como él lo cuenta) como tramada entre carcajadas por los autores, o sea, él mismo, y que recubre toda la obra con la cáscara de una gran broma.
Aunque hay una docena larga de nombres conocidos, la interpretación también responde a una especie de contienda entre dos actores: Christoph Waltz barre, o borra, como quieran, a Brad Pitt, cuyo personaje padece precisamente ese insospechado y nuevo desperfecto en el cine de Tarantino, su falta de esqueleto.
Y otro «aunque»: no será vista esta película como una de las grandes de su autor, pero tal vez anuncia un nuevo ramal en su camino, como si quisiera buscar ese punto de encuentro entre su público habitual y otro nuevo a su alcance, y por eso da la impresión de que construye algunas de sus mejores escenas -como ésa en la que se apuntan alrededor de una mesa todos los «contertulios», nazis y contranazis- con ese empaque «clásico» que se mencionó mezclado con esa risotada y superávit de ..., lo que se le ocurra..., que tantos espectadores esperan.
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