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Una persona comunicativa es sociable. Un individuo que es capaz de percibir, valorar y expresar con exactitud los sentimientos es inteligente. David R. Caruso, un afamado psicólogo de directivos, participó ayer en el II Congreso Internacional de Inteligencia Emocional y destacó las aplicaciones prácticas de esta casi desconocida habilidad. El Congreso, que se celebra hasta el viernes en la capital cántabra, está respaldado por la Fundación Marcelino Botín.
«Los ejecutivos y educadores que demuestran un mayor índice de Inteligencia Emocional (IE) son más racionales y lógicos», aseguró Caruso. Las emociones, de hecho, ofrecen gran cantidad de información. El estadounidense lo ejemplificó del siguiente modo: «Cuando nos lanzan una piedra nos causa sorpresa. Y ésta hace que abramos los ojos para ver, la boca para coger aire y correr y las manos para detener el impacto». Un acto sabio y medible. Caruso, junto a John Mayer y Peter Salovey, ha desarrollado un test capaz de evaluar la IE numéricamente. Su encuesta analiza, entre otros aspectos, el rostro, como espejo del alma que es.
Los trabajadores y alumnos que presenten altos niveles de IE tendrán un mejor comportamiento con los compañeros, procesarán de modo más adecuado los problemas sociales y consumirán, en el caso concreto de los jóvenes, menos alcohol y tabaco.
«Este mundo sería distinto si todos tuviésemos y desarrollásemos nuestra IE». Con «diferente», Rafael Benjumea, Director General de la Fundación Marcelino Botín, se refería a un lugar «mejor». La institución lleva varios años apoyando en Cantabria un modelo educativo basado en ella. Casi 100 colegios disfrutan de esta apuesta pionera en España, que otras comunidades podrían adoptar si los resultado continúan su buen curso. De momento, han comprobado que el rendimiento académico aumenta y disminuye el riesgo de que se topen con contrariedades sociales.
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