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Miércoles, 16-09-09
Obra sólo según una norma que, al mismo tiempo, quieras que se convierta en ley universal. El imperativo kantiano suena a música celestial en estos tiempos antiilustrados, líquidos según la definición de Zygmunt Bauman. Pero aún así hay que volver a los clásicos. «Ningún padre de los menores detenidos en Pozuelo acepta el castigo del juez», rezaba ayer un titular de este periódico. Esos mismos padres, ¿aceptarían que su conducta se convirtiera en norma universal? Es decir, ¿admitirían la misma conducta en padres de otros hijos que destrozaran sus propiedades por diversión o asaltasen a policías enviados a protegerles? Rotundamente no.
Escribió también Kant que el hombre acata de buen grado la autoridad que le protege frente a otros, mientras «anhela en secreto» sustraerse a sí mismo a tal autoridad y conservar su libertad sin cortapisas. La crisis de autoridad no es sólo ya un cáncer escolar o familiar. Infecta las células sanas de otras instituciones. Pero es desde las escuelas y desde los hogares desde donde se propaga el mal. Y, en ambos casos, muchos padres ejercen de agentes desencadenantes.
El gobierno madrileño quiere conceder a los maestros la condición de autoridad pública. No es lo ideal, pero algo habrá que hacer si la autoridad no emana del propio sistema escolar. Mejor eso que esperar a un fantasmal pacto educativo que no cristalizará en algunos años, en el mejor de los casos. El niño debe saber que «ni el profesor ni los padres son amiguetes», afirmaba ayer también a ABC una psicóloga. Debe saber también que existen la recompensa y el castigo, el esfuerzo y el mérito. Y la autoridad.
En mis años escolares, cuando cometía una tropelía, mi padre me llevaba de una oreja al colegio a pedir perdón. Ahora algunos padres cogen de las solapas al maestro para que pida perdón a sus hijos. Para acabar con esos energúmenos no hacen falta pactos.
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