Martes, 15-09-09
UN redoble mohíno despide la marcha de Pedro Solbes del Congreso de los Diputados. Sonaría a tragicómico de ser cierto que la idea de incrementar el IVA fue suya. En la zona intermedia entre quienes creen nefasta cualquier mayor presión fiscal y quienes la prefieren a un recorte drástico del gasto público, están los que consideran que más IVA es el mal menor. Solbes, hombre de ortodoxia ante el gasto y de la confianza del «Establishment» económico europeo deja su escaño el mismo día en que la Comisión Europea anuncia por boca del comisario Almunia que España seguirá en la contracción económica durante todo 2009. Lo mismo que el Banco de España, Almunia es ahora otro ortodoxo, ex líder del PSOE, que lleva tiempo advirtiendo a Zapatero que no están los tiempos para heterodoxias. Que no se juegue con el euro.
Esa conjunción astral en las órbitas europeas se da cuando muchos indicios sugieren el papel tan destacado de Cándido Méndez, líder de la UGT, en las decisiones económicas de la Moncloa. Incluso se le presupone una influencia en el Ejecutivo superior a las de las tres vicepresidencias. Así que la economía española está en manos de un presidente del Gobierno que desatiende al Banco Central Europeo, a Almunia, a Solbes y al Banco de España, entre otros, para prestar su atención a un sindicalista que solo representa a sus afiliados, que más bien son pocos. Es como aquella distorsión que en las monarquías absolutas daba preferencia a un valido frente a los órganos consultivos de la Corona. Godoy fue el último. Lo que entonces de vez en cuando funcionaba -Conde-Duque de Olivares- resulta pasmoso en una democracia. Verboso y astuto, Cándido Méndez ha sabido mantenerse al frente de la UGT, hasta llegar a ese rol de favorito o privado de Zapatero. Si en las viejas monarquías, el confesor compensaba espiritualmente el peso del valido, no será ese el caso con el ultra-laicista Zapatero.
Esa novedosa configuración del poder ejecutivo complementa los aires de distancia que el presidente del Gobierno marca con el legislativo al preferir anunciar sus grandes decisiones no en la Carrera de San Jerónimo sino desde el trampolín mediático. Tampoco son de signo cristalino sus escarceos con el poder judicial. En su mentalidad expeditiva y unidimensional, ¿qué mayor garantía de que no haya huelgas que escuchar las sugerencias de quien pueda convocarlas? Pero, con Cándido Méndez como favorito, ¿cómo consensuar con la CEOE?
Tampoco es una certeza que Cándido Pérez sea el garante de la paz social. En todo caso, solo en parte, solo hasta cierto punto. La recesión y el paro, junto a la realidad inmigratoria, han puesto nuevos núcleos de exacerbación en el circuito nervioso de la paz social. No andamos sobrados de contención salarial. Tampoco destacamos en productividad. Confiemos en que la estabilidad social -un valor fijo, hasta ahora, para los españoles- prepondere y no haya que lamentar la menor convulsión. Peor lo cierto es que su válvula ya no es estrictamente la sindicalista. Es más: no se les ve a los sindicatos actuales un gran futuro post-crisis dado el comportamiento maximalista que tuvieron en los pactos que se han logrado empresa a empresa. En tiempos hegemónicos del laborismo británico, los sindicalistas alardeaban de tomar bocatas y cervezas en Downing Street. Sin ellos, nadie movía un papel en la gestión económica de Gran Bretaña. Tanto fue así que el Gobierno laborista tuvo que pedir asistencia al Fondo Monetario Internacional.
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