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Patrick Swayze y Jennifer Grey, en un fotograma de «Dirty Dancing». / EFE
Actualizado Miércoles, 16-09-09 a las 16:07
Murió deteriorado, joven (57 recién cumplidos), tras una carrera con más vaivenes que una montaña rusa pero con las botas puestas y al pie del cañón. Esto es, la escalera de color perfecta para saltar la banca necrófila de Hollywood (que se lo digan a Jacko, indiscutible medalla de oro en el top de cadáveres exquisitos del año, o del siglo). A Patrick Swayze le diagnosticaron un cáncer de páncreas hace dos años pero, con el coraje de los buenos, se tragó el veneno de la quimioterapia y sacó fuerzas para trabajar doce horas al día en su anhelada vuelta a la televisión con «The beast» (que actualmente emite Canal Plus). Como una bestia, exactamente. «Sé que es una batalla librada en el mismísimo infierno pero, no sé por qué, soy un tío milagroso», declaraba al «New York Times» cuando parecía que lo peor había pasado. Pero no. El cáncer se extendió al hígado en abril y la cuesta abajo fue imparable.
Cruel destino para alguien que pareció tocar el cielo como si tal cosa en «Dirty dancing» (en realidad, quien más se acercaba era la mítica nariz de Jennifer Grey al ser aupada por el galán). Corrían los horteras años ochenta y todo el mundo imitaba los pasos del cisne y la oca de una película que arrasaba en los cines de barrio. A pesar de todo, tal éxito no le llegó por sorpresa a un Swayze que, aunque fuese en la poco bailarina Texas, creció en medio de un ambiente de lo más propicio, ya que su madre fue coreógrafa.
De Broadway a HollywoodPor ello, sus primeros trabajos fueron en espectáculos como «Disney on parade» o la versión de «Grease» en Broadway. Ya casado con su novia de toda la vida, debutó en el cine en 1979 con «La fiebre del patín», pero no sería hasta 1983 cuando su gallardía y apostura llamaran la atención en «La fiebre continúa» y «Rebeldes», de Coppola. Su rostro se haría familiar en nuestro país con otra serie legendaria, «Norte y Sur», aunque su participación en «Dirty dancing» multiplicó su omnipresencia: «Aún recuerdo estar entre sus brazos en ese pequeño filme que pensábamos que nadie iría a ver. Él era un auténtico cowboy con un corazón enorme», recordaba ayer su pareja de baile a la revista «People».
Y mientras seguía explotando su faceta física en títulos como «De profesión duro» (como segurata de discoteca sin carné), en estas llegó «Ghost» y nuevamente reventó Hollywood, esta vez con su faceta más romanticona. «Patrick, te quiere tanta gente que tu luz brillará para siempre en nuestras vidas», colgó su compañera de alfarería Demi Moore en Twitter.
A partir de este «highlight», y tras pasar unos años oscuros donde su compañera de baile más habitual fue una botella de whisky, Patrick Swayze intentó relanzar su filmografía y su vida. Lo segundo lo consiguió gracias al budismo, pero para lo primero no había más cera que la que ardió en unos años en los que, desplazado por una nueva generación de jóvenes más o menos prodigiosos de Hollywood, sufrió una lenta pero segura decadencia profesional, con medianías y bodrietes como «Le llaman Bodhi», «La ciudad de la alegría», «A Wong Foo...» (aunque aquí logró su tercera nominación a los Globos de Oro) o «Tres deseos», y eso que llegó a intervenir en un filme de culto como «Donnie Darko». El cameo en «Dirty dancing 2» fue uno de sus últimos trabajos antes de reunirse con Fred Astaire y Gene Kelly para explicarles cómo demonios se consigue echar un baile estratosférico en mitad de un lago helado.
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