Pese a que la mañana era tibia y apacible en Granada, la salida de la Vuelta parecía bajo una tormenta. El público aplaudió a rabiar a Evans, el australiano que por un pinchazo había perdido el sábado un minuto en Sierra Nevada. Evans no respondió a la ovación. Cabreado aún. Cargaba otra vez contra los mecánicos del coche neutro. Les acusaba de su mal. Aunque quizá todo fue simple mala suerte: la bicicleta de Evans está hecha a medida. Una joya. Tan peculiar que la rueda de recambio no se ajustaba a las vainas del cuadro. Se quedó atascada. Como Evans.
Más irritado aún estaba era Álvaro Pino, el director el Xacobeo Galicia, el equipo de Ezequiel Mosquera, sancionado en Sierra Nevada con 20 segundos por avituallamiento indebido. «Le dio agua un aficionado, no era un auxiliar del equipo. Es una injusticia», repetía Pino. Los jueces no le creyeron. Se encerraron en el reglamento: no se puede repartir líquido ni comida en el tramo final de las etapas. Mosquera agarró el botellín cuando faltaban 6,5 kilómetros para la cima de Sierra Nevada. Un acto reflejo para unos; una infracción para los árbitros, los mismos que luego repescaron a 55 corredores que habían llegado fuera de control. Estrictos a veces; inflexibles otras. Multa por tener sed.
Así, lo que Mosquera ganó con su ataque se lo llevó un trago de agua. Bramaba Pino. Sudaba rabia. «Lo que hizo Ezequiel lo hacen todos. Voy a llegar hasta donde haga falta. Como si tengo que ganar la Vuelta en un juzgado», les advirtió a los jueces. A voces. Los árbitros respondieron: «Si no bebe, habría tenido sólo un veinte por ciento de posibilidades de ser segundo». Rayos y truenos en Granada. Pino no se contuvo y se encaró: «¿Has corrido en bici?», le espetó al árbitro. «No», fue la respuesta. «Así se entiende todo», sacó por conclusión el técnico gallego, ganador de la Vuelta en 1986.
Mosquera, el afectado, daba la impresión de llevarlo con más calma. «Hombre, la rabia va por dentro. Si esos veinte segundos no suponen nada al final... Pero si me alejan de un lugar de honor...», sospechaba. «Tienen que rectificar -pedía-. El agua me la dio un aficionado. No era del equipo. Llevaba la camiseta del Xacobeo porque se la habíamos dado por venir hasta Andalucía a vernos».
Solidaridad entre emigrantes. Mosquera lo fue en el exilio del pelotón portugués. Está habituado a los reveses. «Me dejé la piel por sacar unos segundos y mira. Es injusto». Hay algo de fatalismo en sus respuestas. Quizá porque todo le ha costado mucho. «Me hago mayor», bromea. Aunque parece un ciclista nuevo: llegó a la élite con 29 años, cuando el equipo Kaiku le rescató de Portugal.
En 2007, en su debut en la Vuelta, acabó quinto. Y cuarto el año pasado. Ahora lucha por el podio. «Tengo ya 33 años, pero si sigo esa progresión ganaré la Vuelta con 35», vuelve a bromear.




