Las galas parecían incompletas en el estreno liguero del campo de Cornellá. El terreno de juego acabó como un parque temático para topos, y en la alineación del Madrid titular se reservaron lujos: Lass, Raúl y Cristiano Ronaldo, guardados para la Liga de Campeones en Zúrich.
El nuevo estadio de Cornellá, magnífico, desmereció en el piso lo que luce en su alzada con voladizos gaudinianos. Esa belleza alada se pulveriza de momento pie a tierra. El campo desarrolló hoyos comparables a los de los cilindros marcianos que se incrustaban sobre la campiña inglesa en «La guerra de los mundos». Lo más parecido al belicismo, en el partido, surgió según se iban levantando los terrones.
Crecía la dificultad para la conquista y doma de la pelota, y era cada vez más difícil distinguir el cuero, la piel o la hierba. Xabi Alonso se hundía a veces, y Kaká sorteaba baches además de tacos. Sabemos que Kaká pertenece a Jesús, y él ha empezado a saber que en el fútbol español, igual o más que en Italia, algunas piernas pertenecen al diablo. Cuando ciertas diabluras le exasperaron, Kaká se vio en la necesidad de soltar devotamente una patada. El árbitro le perdonó ese acceso de cólera divina.
Crecía la dificultad para la conquista y doma de la pelota, y era cada vez más difícil distinguir el cuero, la piel o la hierba. Xabi Alonso se hundía a veces, y Kaká sorteaba baches además de tacos. Sabemos que Kaká pertenece a Jesús, y él ha empezado a saber que en el fútbol español, igual o más que en Italia, algunas piernas pertenecen al diablo. Cuando ciertas diabluras le exasperaron, Kaká se vio en la necesidad de soltar devotamente una patada. El árbitro le perdonó ese acceso de cólera divina.
Al Madrid le costó apoderarse del balón. Su avance, afianzado con Granero en la media, fue gradual y culminó con un gol impecable antes del descanso. En el tramo inicial del partido los delanteros madridistas tuvieron que trabajar más en busca de la pelota, defensivamente, que en los engarces de ataque. Las primeras muestras de fútbol elaborado las dio el Español, y en ese desafío, que fue declinando, el Madrid asumió paciente y firme la mera resistencia. Benzema cundió en la tarea. Fuerte, presente, bajó solícito a la media para ayudar en esa zapa del juego, mientras Granero ofrecía sus servicios en el centro del campo para ir convirtiendo la protección en mando. Con él hanó el equipo solidez y apoyos. Higuaín, Kaká, la zancada larga en suma, esperaban esos metros libres, ese horizonte despejado que puede reportarle tantos beneficios a este Madrid en el contraataque.
La pugna dio algunas ocasiones de gol. Metzelder remató alto a unos metros de puerta (minuto 6), Casillas detuvo un intento de Moisés (20) en la enésima debilidad del Madrid a balón parado y Marcelo (39) exigió de Kameni la parada de la noche. Una ironía que se permitió el marcador, porque, apenas levantado de su estirada el portero, lo tumbó una pared de Granero con Kaká. Fueron las dos primeras jugadas del tipo relampagueante que se espera del Madrid: precisión, fuego, descarga súbita. Una, buena, presagió el gol; la otra, mejor, lo trajo.
El Español no quiso resignarse y en el segundo tiempo encomendó su sueño a las sutilezas de De la Peña, que no pudo con la determinación del Madrid. Aparecieron Cristiano y Raúl, pero el 0-2 llegó de la obstinación de Kaká contra todos los impedimentos: los cráteres, los marcajes y sus propios fallos. No incluyó el Madrid en estos primeros repertorios la explotación de las bandas, pero Kaká probó por las afueras del área para servir a Guti el segundo gol con su triple sello: conducción de balón, regate en carrera y pase. El alarde activó a Cristiano, que le hizo un caño a Kameni para el 0-3. Eso redondeó las galas.







