Chávez volvió a dar la nota en las apenas doce horas que permaneció en Madrid. Obsesionado con su trasnochada revolución -aunque no le importe alojarse en una suite de 5.300 euros la noche-, al Rey le saludó con un «se ha dejado barba, como Fidel», a lo que Don Juan Carlos le respondió: «Para cambiar un poco de «look»». Eso fue todo lo que se pudo escuchar del saludo antes de que el Monarca y el presidente venezolano pasaran al despacho del Rey a conversar en privado durante 40 minutos.
Pero el verdadero pitote lo montaron el dirigente venezolano y sus numerosos escoltas en la Casa del Libro de la Gran Vía, de donde la comitiva extranjera salió con unos 80 libros en bolsas, mientras que Chávez exhibía en sus manos «El capitalismo funeral», de Vicente Verdú.
Con lo que no contaba el presidente venezolano fue con la espontánea reacción de un nutrido grupo de madrileños que, al identificarle, le increparon a la salida con gritos de «fuera», «dictador», «corrupto», «sinvergüenza», «asesino» o, incluso, «amigo de Ahmadineyad». Entre los cientos de personas que se agolparon frente a la librería, pues se cerró el acceso al público, también se encontraban algunos simpatizantes, que gritaban «Viva Cuba».
Testigo de excepción de todo lo sucedido fue el presidente de Repsol, su «amigo» Antonio Brufau, que permaneció en la Casa del Libro durante la hora y media que estuvo dentro Chávez. En el establecimiento, el dirigente caribeño tenía concertadas dos entrevistas en las que anunció a bombo y platillo el hallazgo de un superyacimiento de gas en las costas de Venezuela.
Una vez en la abarrotada calle, el caudillo «bolivariano» sacó al chófer de uno de los cerca de veinte coches oficiales que formaban su comitiva, se puso al volante y abandonó el lugar con el empresario Brufau de copiloto hacia el aeropuerto de Torrejón de Ardoz, donde le esperaba el avión presidencial. Para entonces, el atasco en la Gran Vía, que fue cortada parcialmente, era monumental.


