Viernes, 11-09-09
EL principal rasgo de la política exterior de Zapatero ha sido su subordinación a los prejuicios que fundamentan su política interna. El maniqueísmo ideológico y una potente vocación adanista le han llevado a tratar de inventar alianzas estratégicas que en el mejor de los casos no han pasado de pintorescos pretextos para el lucimiento de algunos conspicuos profesionales del arte de pintar la mona a escala planetaria. Todo el periodo de poder zapaterista hunde su raíz en un pecado original no reconocido, y por tanto no expiado, que fue la explotación interesada de la guerra de Irak y del shock emocional del 11-M; el maldito conflicto iraquí ha determinado la vida española de un modo mucho más duradero de lo que parece. Primero el error empecinado de Aznar -admitido ya si no por él sí al menos por la mayoría de su partido- propició la división de la conciencia pública nacional, y luego el cambio de Gobierno sólo vino a ahondar esa zanja con un fundamentalismo pendular que ha lastrado nuestra posición objetiva en el concierto de naciones. Hasta la decisión de retirar las tropas del avispero de Diwaniya, Zapatero fue coherente con su programa y su proyecto, pero a partir de ahí se ha dejado arrastrar por una ofuscación prejuiciosa que le ha empujado a abrazarse con amigachos jactanciosos fronterizos con el discurso antisistema: caudillos populistas, ayatoláhs barbudos, tiranos terminales. Lo mejorcito de cada casa. Y mientras el corazón de Europa sigue esperando la prometida confluencia de las galaxias, España se mueve por la periferia como un posmoderno satélite no alineado.
Lo peor es que esta pretensión zapateril de ser referencia del populismo emergente en Latinoamérica ni siquiera ha encontrado hasta ahora una contrapartida de liderazgo aceptable. La amistad con el tardocastrismo no ha aliviado a los disidentes cubanos, ni la complacencia con Evo Morales ha evitado disgustos a los inversores en Bolivia, ni encontramos en la propia España un gesto que refuerce de puertas adentro la autoridad moral de un dirigente democrático frente a la deriva autoritaria de sus presuntos aliados. A muchos ciudadanos españoles les gustaría que su presidente le marcase hoy distancias a ese Chávez fanfarrón que llega con el ego inflado por la coba de los pijoprogres del festival de Venecia; que le exigiese con firmeza el cumplimiento de las garantías procesales, que le preguntase por el empresario encarcelado Eligio Cedeño, que intercediese por los medios de comunicación amenazados de cierre. Que le trasladase, en suma, la preocupación de una sociedad libre en vez de reírle las gracietas de autócrata «con botas y con votos», como decía Felipe González. Que se notase, si es que existe, la diferencia entre una república bananera y un país de la Europa civilizada. Porque una cosa es que convenga tener amigos hasta en el infierno, bien está, y otra que eso sólo sirva para quemarse las manos.

