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Tras la liosa y fascinante «Mr. Nobody», un Ford (Tom) cerró el grifo de la Mostra
El diseñador Tom Ford posa con los actores del film / AFP
Actualizado Viernes, 11-09-09 a las 19:57
Se le acabaron a esta edición de la Mostra las películas a competición. Parecía imposible, pero así fue: Tom Ford, que es un diseñador de moda pero que tiene el apellido más cinematográfico de la historia, cerró el grifo con «A single man», una intensa y relamida adaptación de la novela de Christopher Isherwood en la que se narra el abismo emocional en el que cae un profesor homosexual a principios de los años sesenta cuando se muere su joven amante.
Antes de que Ford mostrara su diligencia con la cámara (es un portento de engranaje, suavidad, estilo, acabado y diseño), se tuvo la fortuna de asistir a la proyección de la película más sorprendente y fascinante de esta edición del Festival, «Mr. Nobody», de Jaco Van Dormael, una explosión de fantasía en el rostro adormilado, prácticamente en coma, de los pacientes espectadores de esta Mostra. Si alguien cree que entendió al punto la cantidad de masa argumental que rebosa en «Mr. Nobody» o se equivoca, o sencillamente es un optimista. La película es tan liosa como fascinante, y está tan llena de vida como de pretensión y logro.
El último mortalEl personaje, el señor Nadie, es el último hombre mortal en un mundo blanco y azucarado; un anciano de ciento veinte años de cuyos recuerdos se extraerá la carne metafísica de la película: este hombre no nos contará su vida, sino sus (no) vidas, todas aquellas vivencias que habría tenido si sus decisiones, actos y azares hubieran sido otros... Es, pues, en el fondo (es decir, tal vez lo sea), una recelosa mirada a la elección, a la decisión, a la opción..., al inexplicable «efecto mariposa» (ese tópico de que una mariposa bate sus alas en... y acaba produciendo un tifón al otro lado del océano) que tiene en cualquier vida una decisión aparentemente sin importancia. «Mr Nobody» es una profunda historia romántica, y familiar; es también una invitación a perderse en el espacio, el tiempo y sus azares, pero sobre todo es (es decir, será) un clásico de la ciencia ficción, una de esas películas que se acaban pegando al refajo de los nuevos espectadores esencialmente porque resuelve de un modo visual indescriptible e hipnótico preguntas o respuestas que van impresas en la huella digital de nuestra especie. «Mr. Nobody» es una detonación, es engreída, es reincidente y le sobra estribillo, pero tiene en su interior el jugo de una hierba alucinógena. Y si además Jaco Van Dormael hubiera tenido la sensatez de cortarle un poco las uñas a su película, hasta hubiera podido resultar no sólo emocionante sino también reveladora.
La incontinencia emocional estaba, en cambio, en el personaje que interpreta Colin Firth para Tom Ford, a pesar de que no se le escapa al tío ni un solo gesto. Tom Ford le hace un lazo a su película, la presenta en papel de regalo, la cuida hasta en el más mínimo de sus detalles: cada plano es un «spot» del buen gusto... La historia ya es de por sí mórbida, pues es la crónica de la desesperación del amante, pero el modo de transmitirla mediante el dulzor del recuerdo y la esponjosidad de la melancolía le procura una melaza especial. Suele haber algo que rechina en esas historias tan amargas con apariencia dulce, aunque el mejor cine británico ha sabido, en ocasiones, compaginar ambas cosas. «A single man» es la primera película como director de Tom Ford, que no será de los Ford de toda la vida, pero que se ha tomado la molestia de poner cada cosa en su cajón y cada sentimiento en su casillero. Sólo el ver cómo se viste y cómo desayuna ese profesor meticuloso en esa casa de revista compensa luego la insistencia en la misma idea y los «flashes» de la misma memoria.
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