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Martes, 08-09-09
VIO en televisión las imágenes del mitin de Rodiezmo y por un momento pensó que se trataba de un capítulo de «Cuéntame». Fascismo y comunismo fueron los dos totalitarismos que arrasaron Europa en el siglo XX. El fascismo llegó a producir en la Alemania de Hitler más de seis millones de muertos en los campos de concentración mientras que el comunismo de Stalin acabó con la vida de 20 millones de rusos, según algunos historiadores británicos, y 1.2 millones a juicio de las autoridades soviéticas.
En España, el fascismo gobernó durante más de 40 años y dio paso a la democracia tras la muerte del dictador Franco en 1975. Por su parte, el comunismo nunca gobernó pero aún hoy en día seguía estando presente en diversos ámbitos de la sociedad española. Sin ir más lejos, el pasado fin de semana dos jóvenes dirigentes del PSOE, como eran Leire Pajín y Bibiano Aído, podían asistir al mitin de Rodiezmo y acabar entonando la Internacional con el puño en alto al modo del camarada Stalin sin que nadie se escandalizara por ello. Si esas dos mismas jóvenes hubieran aparecido en todos los medios de comunicación con el brazo en alto al estilo nazi, seguramente hoy mismo se hubieran visto forzadas a presentar su dimisión y el escándalo hubiera adoptado dimensiones internacionales.
El rechazo social hacia toda actitud que recordara al nazismo -a pesar de que algún medio de comunicación diera cabida a las opiniones de un presunto historiador que minimizaba el Holocausto- era algo positivo y demostraba la salud democrática de un país pero lo preocupante era que el comunismo no produjera una repulsa social similar. Cuando alguien se atrevía a criticar abiertamente el comunismo y los crímenes perpetrados en su nombre, como había realizado el escritor británico Martin Amis en su libro «Koba el terrible», sufría la descalificación brutal de toda la izquierda. Algo, por otra parte, comprensible pues esa misma izquierda había defendido durante décadas al paraíso comunista y aún conociendo los crímenes cometidos en su nombre, se habían resistido a condenarlos. El propio Jean Paul Sartre llegó a afirmar sobre las atrocidades de Stalin que era «una locura exponer los crímenes detallados de una personalidad que durante tanto tiempo ha representado el régimen y que no tiene más resultado que descubrir la verdad a unas clases sociales que en absoluto están preparadas para recibirla».
Tan sólo desde ese sentimiento de culpabilidad se podía explicar esa defensa de un régimen totalitario y represor. ¿Era tan difícil condenar todo tipo de totalitarismo? ¿Por qué había totalitarismos buenos y totalitarismos malos? ¿Qué es lo que llevaba a estas dos jóvenes dirigentes socialistas a levantar el puño del mismo modo que lo había hecho el genocida Stalin? Quizás su juventud y altas responsabilidades les había impedido leer al Premio Nobel de Literatura Solzhenitsyn cuando en su libro «Archipiélago Gulag» explicaba las 31 formas de tortura física y psicológica que imperaban en estos campos o quizás, como decía Sartre, no estaban preparadas para saber la verdad y preferían seguir soñando con ese comunismo ideal que tan sólo existía en sus mentes.
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