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Martes, 08-09-09
SOMOS muchos los que aprendimos de Joaquín Ruiz-Giménez la teoría y la práctica de la democracia. Somos muchos los que quisimos imitarle en la rectitud de su vida, en la compasión que siempre inspiró sus comportamientos, en la generosidad con que compartió con los demás sus tiempos y sus medios, en el optimismo con que siempre se acercó a los temas de la época que le tocó vivir, en su apertura a pensamientos e ideas, en su radical y ejemplar fe cristiana. Con él desaparece uno de los pocos y últimos maestros de vida y reflexión en la España contemporánea.
Los que tuvimos la suerte y el honor de participar en 1963 bajo su dirección en la fundación de «Cuadernos para el Diálogo», una indispensable referencia a la democracia posible todavía en tiempos del franquismo, recordaremos la ilusión de la tarea, su significativa capacidad de convocatoria y el aprendizaje de convivencia que para todos nosotros supuso, incluyendo a Don Joaquín, el roce creativo entre gentes de procedencia diversas unidos en la convicción de que los españoles podían reconstruir su convivencia en paz y libertad. El índice de autores de «Cuadernos» coincide con la de los integrantes de la oposición democrática a la dictadura. Una parte significativa de sus contenidos, más tarde apoyados por una valiosa aportación editorial, han contribuido a configurar los perfiles de la España democrática.
En las paradojas de la vida pública española se encuentra de manera destacada el hecho de que, habiendo sido una de las voces más influyentes en la llegada de la democracia a nuestro país, Don Joaquín, líder democristiano, no encontrara el favor de los votos para llevarle al parlamento nacional. Político más de «convicción» que de «responsabilidad», en la conocida distinción de Max Weber, y por ello quizá mas profeta que hombre de partido, acabó por destilar su influencia entre los que nos consideramos hijos de su inspiración, a derecha y a izquierda, y en el excelente desempeño de su misión como primer Defensor del Pueblo en la España constitucional.
Su carácter era una peculiar mezcla de mansedumbre y fortaleza y se equivocaron los que estimaron como muestra de vacilación sus deslizamientos ideológicos o personales. Me encuentro entre los que no siempre estuvimos de acuerdo con ellos, sobre todo a partir de la normalización democrática después de las primeras elecciones, en 1977, pero no por ello dejamos de comprender sus razones ni de mantener con él lazos entrañables de amistad y respeto. Profunda y personalmente sentí que por estrechas consideraciones políticas el gobierno del PSOE en 1987, con el asentimiento tácito del resto de los partidos políticos, no quisiera concederle un segundo mandato como Defensor del Pueblo. Ciertamente, no era una persona «cómoda», pero con su ausencia se perdió una voz de incuestionable autoridad moral.
Fue en 1997 cuando un grupo de amigos, con orígenes en «Cuadernos», organizamos un homenaje público a Ruiz Jiménez. La convocatoria tuvo una respuesta masiva y la composición de los asistentes daba perfectamente la medida de Don Joaquín y de la percepción que su personalidad generalmente proyectaba: gentes de todo origen y condición, políticos de todo el arco parlamentario en el gobierno y en la oposición, amigos antiguos y nuevos, públicos y privados, jóvenes y los que ya no lo eran tanto. Al final del acto, y tras una nutrida lista de emocionados intervinientes, Ruiz-Giménez pronunció unas breves y humildes palabras de agradecimiento de las que guardo un sucinto guión. Al hacer un recorrido por su peripecia resumió en pocas palabras el camino de una vida iluminada por la fe:«No hubo en mí cambio radical de fe, de esperanza y de amor, pero sí lo hubo en el modo de vivir esa fe, abriéndola al respeto y a la tolerancia de todas las otras creencias y de todos los agnosticismos o ateísmos; cambio igualmente en la esperanza trascendente, al encarnarla simultáneamente en una esperanza histórica, y cambio en el amor, al no ceñirlo a los amigos, sino extenderlo a los adversarios, en afán de reconciliación».
Cuando la banda terrorista ETA me tuvo secuestrado en 1979, Ruiz Jiménez puso todo el prestigio moral de su figura y de su trayectoria al servicio de la recuperación de mi vida y, acompañado de amigos cuyos nombres nunca olvidaré, golpeó puertas y conciencias para obtener mi liberación. Lo hizo poseído de la convicción ética de tener razón y con la santa indignación de los justos ante el crimen. Junto con Adolfo Suárez y mi familia me esperaba en La Moncloa tras el secuestro. Me estrujó en un abrazo interminable mientras me susurraba, «hoy, 12 de diciembre, es la Virgen de Guadalupe, Ella te ha salvado». Ahora que el hueco de su presencia nos deja a todos huérfanos, sería el momento de elevar una simple plegaria: «Joaquín Ruiz-Giménez, que estás en los cielos, ruega por nosotros».
Embajador
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