Yuri Grigorovich nació el 2 de enero de 1927 en la que entonces era Leningrado (hoy San Petersburgo), pero fue en Moscú donde hizo historia. Allí llegó a finales de los cincuenta y en 1964 fue nombrado director artístico del Ballet del Bolshoi. Después de varias adaptaciones de títulos clásicos como «La bella durmiente» o «Cascanueces», en 1968 presentó en el teatro moscovita su versión de «Espartaco», un ballet con música de Aram Khachaturian que él mismo había estrenado como bailarín en el Kirov con la coreografía de Leonid Jacobson, una producción que había pasado sin pena ni gloria en su estreno, lo mismo que la posterior que firmó Igor Moiseyev. La puesta en escena de Grigorovich, sin embargo, logró un extraordinario éxito y se convirtió en uno de los símbolos del nuevo Bolshoi. Grigorovich siguió al frente de la compañía hasta 1995; tras la muerte de su mujer, la legendaria bailarina Natalia Bessmertnova, en febrero del año pasado, ha regresado al Bolshoi para supervisar sus montajes.
-«Espartaco» es un ballet que hizo historia, una referencia.
-Yo intenté hacerlo lo mejor posible. Es un ballet superviviente, tiene cuarenta años, algo no muy común, así que algo tendrá... Y es un ballet que sigue vivo y va cambiando conforme a los tiempos y a los intérpretes.
-¿Qué le animó a hacer una nueva coreografía de esta obra?
-La música de Khachaturian; es perfecta para bailar. Tan emocionante, con tantas posibilidades para expresarse a través de la danza. Y la historia es muy interesante. Trata de la rebelión de unos esclavos, que siempre gusta al público. Es un tema eterno y Espartaco, un héroe fantástico.
-¿Pueden establecerse las principales diferencias entre aquel Bolshoi y el de ahora?
-Son artistas y personas diferentes. Cada momento tiene sus virtudes y sus defectos. Pero siguen siendo personas que se expresan al máximo. Aquellos eran como mis hijos. Esta nueva generación quiere aprender del pasado pero expresarse a su manera propia. No se pueden comparar, son talentos diferentes.
¿Por qué enfrentar danza contemporánea y ballet clásico? Las dos se nutren la una de la otra»
-¿Y ha variado mucho el funcionamiento de la compañía?
-Son otros tiempos, los valores son muy distintos. Hay muchas cosas que han cambiado en Rusia, mucho más que en Europa. Nuestro país es diferente ahora, pero yo no soy politólogo. Creo que hay cosas que han mejorado y otras que han empeorado. Y el tiempo es el que colocará las cosas en su sitio. Pero ésta es una época interesante.
-¿Ahora me estaba hablando del país o de la compañía?
-Es que la compañía no está separada del país, el teatro tiene la vida del país. Somos su reflejo.
-¿Se ha recuperado ya el ballet ruso de esa crisis que vivió tras la caída de la URSS?
-Ha sido también reflejo de la difícil situación del país. Ha habido muchos momentos difíciles, negativos. Ahora parece que todo se tranquiliza, que vuelve a la normalidad, aunque esta crisis que vive todo el mundo es un nuevo inconveniente y perturba. Pero Rusia tiene experiencia y sabremos salir adelante.
-¿Qué les diría a quienes califican de antiguo al ballet?
-Eso es una tontería. A un gran violinista le preguntaron: «¿Puede usted tocar música contemporánea?» «Claro», contestó: «Mozart, Beethoven, Chaikovski...» Es contemporáneo todo lo que sea interesante hoy, para el público actual. La historia de la cultura universal te ofrece todo, y está en cada uno elegir lo que le gusta. ¿Por qué enfrentar danza contemporánea y ballet clásico? Las dos existen, se desarrollan, las dos se nutren la una de la otra. Y siguen su evolución. Quien los enfrenta no entiende de teatro ni de música.