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Viernes, 04-09-09
En Kabul, la OTAN ha levantado un pequeño monumento en honor a los caídos desde 2001. Está rodeado de las pocas tumbas que se conservan de los británicos muertos en las guerras anglo-afganas del XIX. Y de no haber sido saqueadas, también podrían encontrarse lápidas de los años de la invasión soviética. Y es que Afganistán ha sido la tumba de los imperios. Lo supo en sus carnes el soldado William Brydom, único superviviente de la expedición británica de 16.000 hombres que tuvo que retirarse en 1842; como lo supo el general Gromov, el último militar soviético en cruzar el río Amu Darya, vencido y humillado, el 15 de febrero de 1989.
Afganistán es un territorio que se ha caracterizado por dos rasgos esenciales: una fuerte descentralización y un sentimiento xenófobo generalizado ante cualquier invasor. Por lo que vemos, poco ha cambiado al respecto. ¿Hemos aprendido nosotros algo?
A Afganistán se fue a por Bin Laden y para que dejara de servir de base a los terroristas de Al Qaida. Los americanos lo lograron con prontitud. Después llegó la OTAN para salvar su cara tras la crisis de Irak y con la idea de que aquello era una nueva Bosnia, si acaso más lejos. De ahí el énfasis en el gobierno de Kabul y todas las instituciones que de él dependen. Pero la tibieza de unos y el desinterés de otros ha llevado a que en estos años, en lugar de la gobernanza, triunfe la corrupción; que en lugar de Kabul, manden las tribus; y que los talibanes impongan más respeto que las tropas de la Alianza.
El general McChrystal cuenta ya con más soldados que los rusos en su día. Y quiere más para concentrarse en defender las ciudades. Igual que ellos. Salir corriendo de Afganistán sería darles una victoria innecesaria y peligrosa a los yihadistas. Pero repetir los errores del pasado es simplemente suicida.
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