«Todo parece tranquilo, pero no se puede bajar la guardia porque cuando cae el sol la amenaza talibán es cada vez más fuerte...». ABC acompañó durante su patrulla nocturna a un pelotón de Linces

A empotrado. «Salimos hacia el puesto de control de Chakaran. Cambio». El Sargento Ceballos anuncia destino. Se abre la barrera y el pelotón de Linces abandona la seguridad de los muros de hormigón de la base del Equipo de Reconstrucción Provincial (PRT) de Qala-i-Nao para adentrarse en la noche cerrada de Afganistán.
Desde las pasadas elecciones la Policía está en alerta por posibles ataques y cada noche se realizan visitas de control a los principales puestos policiales. Las únicas luces en el camino son las de los focos de los blindados y la de la furgoneta pick-up de la Policía afgana que cierra el convoy. Se ve muy poca gente en unas calles en las que pese a la fuerte presencia de las fuerzas de seguridad nacionales e internacionales, cuando cae el sol la amenaza talibán es cada vez más fuerte.
«Es rutina, aquí es muy raro pegar un tiro durante toda la misión», aseguran los españoles, aunque en cada salida de la base son conscientes de que se convierten en objetivo de una insurgencia cada vez más numerosa que se aproxima a la capital de la provincia de Badghis.
Todo parece tranquilo, pero no se puede bajar la guardia. Los tiradores controlan las calles con sus gafas de visión de nocturna y mantienen a punto las ametralladoras 12-70. A muy lenta velocidad se recorre la distancia hasta Chakaran, una pedanía de mayoría pastún donde ha habido enfrentamientos esporádicos entre las fuerzas afganas y los insurgentes en las últimas semanas. Shia Khan, el cabecilla insurgente del grupo que el miércoles hirió al sargento español procede de este lugar, situado a apenas dos kilómetros de la puerta de la base.
La barrera de la Policía está cerrada y un potente foco ilumina a varios agentes desarmados que se dedican a rellenar sacos terreros para proteger la posición. «Hay que hacerlo por la noche porque por el día hace mucho calor», se excusa el comandante Khojamurat, que dice tener hombres apostados en las colinas que rodean al puesto de control. El sargento Ceballos inspecciona en primera persona la situación, mientras el resto de soldados permanecen en los vehículos. De fondo la voz del cantante local Shamzadin se cuela desde un transistor y ameniza la guardia a las fuerzas afganas que, tras la breve incursión española, volverán a quedarse solas. «No tenemos miedo, yo he subido a Bala Murghab, he trabajado allí y no me dan miedo estos criminales», señala el comandante con rotundidad.
Preparando el té
Cuando se les pregunta por sus armas, responden que las tienen dentro de la comisaría. En chancletas, sudando y rodeados por los mosquitos que se concentran en torno al foco, parecen un blanco fácil para la insurgencia, pero «no suelen atacar hasta la una o dos de la madrugada, cuando piensan que estamos dormidos, normalmente rehúyen la confrontación directa», informan los agentes antes de abrir la barrera y despedir al pelotón español que tras acudir a la llamada de alerta, pone dirección al aeródromo, otro de los puntos sensibles que hay que revisar cada noche.
Los vehículos blindados se detienen a pie de pista y desde lo alto de una escalera una voz confundida saluda con un «buenos días». El comandante Jamal acaba de finalizar su patrulla por la pista y se prepara un té en la azotea de la comisaría. Ni rastro de sus seis hombres, «están descansando», responde mientras ofrece té a los recién llegados.
Tras un recorrido por la pista, se avisa por radio al PRT de que todo está en orden y se pone rumbo a la base. «Todo es muy tranquilo aquí, pero cuando se sale de los límites de estos puestos de control la cosa cambia», admiten los soldados mientras descargan la munición de sus fusiles a la entrada del campamento. Unos límites que se sobrepasan en contadas ocasiones por las altas posibilidades de ser atacados por la insurgencia.


