Actualizado Viernes, 04-09-09 a las 13:52
Los 10 años que el actual primer ministro ruso, Vladímir Putin, lleva en el poder han estado marcados por el deseo de reforzar el papel internacional de Rusia, por el anhelo de que el país recuperase el estatus de gran potencia que tuvo la URSS. En este contexto, Putin ha dado mayor relieve en los últimos años a las celebraciones del Día de la Victoria sobre la Alemania nazi, el 9 de mayo, que incluye un desfile militar en la Plaza Roja cada vez más caro, espectacular y aparatoso.
Aquella victoria se logró bajo la dirección del “gran generalísimo” Iósif Stalin, por lo que su figura ha experimentado en la era Putin una considerable revalorización. Si hasta 1999 los partidarios de Stalin entre los rusos no pasaban del 13%, ahora superan el 50%. Sus monumentos vuelven a aparecer, también las referencias a su persona mientras aumentan las publicaciones relacionadas con su vida y la época de su mandato.
Alexánder Filíppov es el autor de un libro de texto escolar muy difundido, en el que se presenta al dictador soviético como un dirigente que, pese a los millones de muertos que causaron sus expeditivas purgas y campañas contra “traidores, cobardes y enemigos del pueblo”, industrializó el país, venció a Alemania, logró la bomba atómica e hizo de la URSS una potencia mundial. A los defensores de los derechos humanos rusos les preocupa que se lance el mensaje velado de que, en aras de lograr una Rusia fuerte y temida, se justifique cualquier cosa, desde la falta de democracia a cualquier tipo de medida represiva, incluso si genera víctimas inocentes.
Un nacionalismo racista y beligerante
Paralelamente, Putin ha estado fomentando el nacionalismo ruso, lo que muchos han ligado directamente con la raza o etnia eslava. Ello ha dado lugar a la aparición de multitud de grupúsculos ultranacionalistas. El dirigente opositor y ex diputado, Vladímir Rizhkov, cree que las autoridades rusas “consciente o inconscientemente fomentan un nacionalismo racista y beligerante”.
Paralelamente, Putin ha estado fomentando el nacionalismo ruso, lo que muchos han ligado directamente con la raza o etnia eslava. Ello ha dado lugar a la aparición de multitud de grupúsculos ultranacionalistas. El dirigente opositor y ex diputado, Vladímir Rizhkov, cree que las autoridades rusas “consciente o inconscientemente fomentan un nacionalismo racista y beligerante”.
Los caucasianos y los centroasiáticos son las víctimas predilectas de la violencia racista, lo que implica una enorme contradicción. Stalin, que era georgiano, está asociado a ese discurso grandilocuente y xenófobo de una gran Rusia fuerte y sólo para los rusos.
En lo que va de año, el número de personas muertas en Rusia por agresiones de activistas ultras asciende a 37, y el de heridos a 126. En Rusia conviven 150 grupos étnicos. De los 142 millones de habitantes del país, el 20% no son étnicamente rusos y más de veinte millones son musulmanes. Incluso el 80% de los considerados “rusos” no lo son al cien por cien.
Se da la circunstancia de que la victoria de la URSS en la II Guerra Mundial se consiguió no sólo gracias a los rusos y al resto de los grupos nacionales que habitan la Rusia actual. En el Ejército soviético combatieron también ucranianos, georgianos, letones, estonios, lituanos, moldavos, azerbaiyanos, armenios bielorrusos, kazajos, uzbecos, tayikos, kirguises y turkmenos. Eso sin contar a los ciudadanos de otros países, españoles incluidos, que también empuñaron las armas en las filas del Ejército Rojo.


