
Los investigadores de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil y sus compañeros de la Policía Judicial de Orense nunca tuvieron prisa en interrogar al ex novio de Laura Alonso, la joven de Toén (Orense) de 19 años asesinada. Sabían que con las pruebas que tenían y también con las que irían logrando con el paso de las horas, lo más probable era que Javier Cruz acabara por derrotarse. Y si no lo hacía tampoco pasaría nada, ya que los indicios que se acumulaban contra él eran suficientes como para acabar acusándole de lante de la juez del crimen de su ex novia.
En sus dos primeras declaraciones, el sospechoso había asegurado que estuvo toda la noche de la desaparición en su casa, por lo que era imposible que hubiera podido matarla. Sus declaraciones eran rotundas, pronunciadas con total tranquilidad, lo que no hacía sino confirmar las informaciones de los investigadores en el sentido de que se trataba de un individuo manipulador, frío y peligroso.
Javier Cruz pensaba además que sus padres respaldarían su versión. De hecho lo hicieron, aunque sólo en parte. Los progenitores, que habían tenido ya muchos problemas con su hijo, confirmaron que en efecto hasta la una de la madrugada, cuando ellos se fueron a dormir, su hijo estaba en casa. Y añadieron que cuando se levantaron en la mañana del día siguiente también se encontraba allí. Añadieron, no obstante, que entre esos dos momentos no podían garantizar el paradero de su vástago.
En este punto jugaron un papel clave los mensajes que quedaron grabados en los teléfonos móviles de la víctima -Laura Alonso usaba tres distintos-, en los que se encontraron numerosos mensajes cruzados entre los antiguos novios. De los mismos se desprendía que la noche del crimen ambos habían quedado de madrugada de forma secreta y que cuando la joven se despidió de sus amigos en el «pub» diciendo que se iba a su casa, en realidad iba a la cita con su verdugo. A las tres menos cuarto de la madrugada desde el móvil de la chica se envió un mensaje a su novio actual en el que se decía que ya había llegado a casa. Era falso, tal como luego ratificarían varios testigos.
Una discusión
Los ex novios se encontraron en el punto previamente convenido. Todo iba bien hasta que surgió una discusión entre ambos. Javier Cruz, ciego de ira, estranguló a la joven con una chaqueta de punto que llevaba sobre su vestido azul. Después, y demostrando una vez más una sangre fría escalofriante, urdió su plan para no ser descubierto. Así, tras ocultar el cadáver cerca de una pista forestal a unos cuatro kilómetros de donde apareció el coche de la víctima, diseminó otras pertenencias de Laura, como su chaqueta y uno de los móviles que apareció sin batería. Su intención era sembrar pistas falsas para intentar despistar a los investigadores, lo que en absoluto consiguió. Había además otro detalle que encajaba con el perfil del sospechoso: el perfecto conocimiento de la zona que había demostrado el criminal.
El hallazgo del cadáver de Laura fue el punto de inflexión. La primera inspección ocular del cuerpo reveló marcas en el cuello compatibles con un estrangulamiento. Paralelamente, el equipo de inspecciones oculares del Servicio de Criminalística de la Guardia Civil desplazado a la zona trabajaba sobre el coche de Laura y también sobre el de su ex novio.
A primeras horas de la tarde del lunes los investigadores comunicaron al detenido que iban a registrar su vivienda. Le subieron en el coche y enfilaron hacia la vivienda de Toén propiedad de sus padres. Al llegar, Javier Cruz vio desde el automóvil el amplio despliegue de la Guardia Civil y tuvo el único gesto de humanidad en todo este tiempo. Para que sus progenitores no tuvieran que pasar ese trago, y ya viéndose perdido, dijo antes de descender del vehículo: «Dejadlo, vale, he sido yo. No os preocupéis que os llevo al lugar donde he escondido las cosas que faltan de Laura». De inmediato, la comitiva se dirigió hasta el lugar donde señaló el asesino confeso. En efecto, allí estaban el bolso, las sandalias y la ropa interior de Laura Alonso.
Declaración ante el juez
El caso estaba resuelto, hasta el punto de que la Guardia Civil ni siquiera tomó declaración al detenido, ya que consideró más oportuno que esas manifestaciones se ralizaran ya ante la titular del juzgado de Instrucción número 3 de Orense. A la una menos veinte de la madrugada Javier Cruz llegaba a las dependencias judiciales en medio de una lluvia de insultos. Tras su interrogatorio, la juez ordenó su ingreso en prisión incondicional por homicidio.
Ayer, la víctima fue enterrada en medio de la conmoción de todo un pueblo que ha vivido con angustia, primero, la desaparición de la chica, y luego el desenlace del caso. Y en el trasfondo del mismo, una vez más, la violencia de género.


