Edimburgo, una ciudad orgullosa de sus escritores
Asistentes al Festival Internacional del Libro de Edimburgo / EFE
Actualizado Martes, 01-09-09 a las 19:54
Edimburgo es una ciudad orgullosa de sus escritores. ¿En qué otra ciudad del mundo hay una estación ferroviaria con el nombre de un famoso ciclo de novelas como ocurre en la capital escocesa con la serie Waverley de Walter Scott?
Scott (1771-1832), considerado el padre de la novela histórica y romántica, tiene también aquí el monumento de mayor altura dedicado a un escritor: una especie de cohete de formas góticas en Princess Street, la calle que ofrece la mejor vista sobre la ciudad vieja, dominada por su imponente castillo, que se asiente sobre el magma de un volcán extinto.
La que fue su última residencia, Abbotsford, situada en un bellísimo valle rodeado de colinas junto al Tweed, uno de los ríos salmoneros de Escocia, ha sido, al igual que las ruinas de las abadías góticas que le inspiraron, como la de Melrose, un lugar de peregrinación de sus admiradores de todo el mundo prácticamente desde un año después de su muerte.
Por todo ello resulta paradójico el que, por más que haya pasado de moda ese tipo de novela, que tantos imitadores tuvo en su día en el mundo, Scott no figure en el currículum de los escolares escoceses, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con Robert Burns, el poeta nacional.
Claro que -y esto parece aún más grave, si cabe- tampoco está incluido el autor del fascinante «Doctor Jekyll y Mister Hyde» y de ese gran libro de aventuras que es «La isla del tesoro» -Robert Louis Stevenson-, situación a la que la fundación Edimburgo, Ciudad Literaria, está intentando poner remedio, según explica a Efe Ali Bowden, representante de esa institución.
Así, hace dos años distribuyó gratuitamente entre los escolares escoceses 35.000 ejemplares de su novela de aventuras «Kidnapped» (Secuestrado), y este año ha hecho lo mismo con otra obra, «The Lost World» (El mundo perdido), de otro escocés ilustre, Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes.
Porque no en vano Edimburgo ostenta desde 2004 el título de «Ciudad de Literatura de la UNESCO», el primero que concedió ese organismo de la ONU y que hasta ahora sólo tienen también Melbourne, en Australia, y Iowa City (en EEUU), aunque hagan cola otros aspirantes, entre ellas Dublín y Calcuta.
Es un título bien merecido si se tiene en cuenta la cantidad de escritores del pasado y actuales vinculados a la capital escocesa, entre ellos también J.M. Barrie, el autor de Peter Pan, Ian Rankin, creador de la figura del inspector Rebus, su colega Alexander McCall Smith, Muriel Spark o la autora de la saga de Harry Potter, J.K. Rowling, por citar sólo a algunos.
Pero es que además en Edimburgo nacieron muchas de las grandes editoriales de libros en lengua inglesa, hoy empresas globales, como Chambers o Collins, aquí se publicó también -en 1768- la primera edición de la Enciclopedia Británica, y en esta ciudad tienen su sede muchas de las más de un centenar de empresas del sector, que publican anualmente una media de 3.000 títulos.
Una vieja tradición de cuentacuentosEscocia cuenta asimismo con una vieja tradición de cuentacuentos, procedente de las culturas escandinavas, y algunos de sus autores más famosos, como los citados Burns, Scott o también James Hogg, se dedicaron en su día a recoger cuentos del folclore local, actividad que sistematizaría en el siglo XIX John Francis Campbell.
Actualmente hay en Escocia más de un centenar de cuentacuentos profesionales, lo que explica que se haya creado en la capital un moderno centro con un teatro especial para ese tipo de actividades.
A todo lo cual hay que añadir el Festival Internacional del Libro, creado en 1983, que va ya por su 26 edición y se publicita como el mayor de su tipo en el mundo: no es una feria comercial como la de Fráncfort sino que está dirigida el público aficionado a la lectura.
Como explica a Efe su director invitado de este año, el ex obispo de Edimburgo Richard Holloway, es un festival que paga una cantidad fija y muy modesta (100 libras o 116 euros, además del hotel y algunos gastos) a los autores de todo el mundo -unos 800 en un año típico- que aceptan acudir a él con independencia de que sean o no famosos. «Por eso no tenemos, como otros festivales, a Bill Clinton», comenta.
Holloway lo define como «un festival más de ideas que de simples textos» y señala que este año, por ejemplo, muchos de los debates estuvieron dedicados al «nuevo ateísmo frente a la vieja religión», al darwinismo en el 200 aniversario del nacimiento del gran naturalista Charles Darwin y a la doble crisis económica y ecológica.

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