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Debe de ser fácil aprender a andar en bicicleta en Holanda. Un lugar recto y plano. La etapa de ayer, entre Assen y Emmen no sobrepasó nunca los 20 metros de altitud. Y, sin embargo, resultó un día de miedo. Escalofriante. «Decir que ha habido muchísimo peligro es poco. Mucho más», protestaba en la meta Valverde. Tenso. Con las manos agarrotadas de frenar y de estrangular el manillar. Con el cuello tieso por los nervios. Cansado de sortear la variada munición del trazado holandés: isletas. rotondas, suelo de ladrillo, carriles bici y hasta un breve tramo de pavés. «Ha sido peligrosísimo. No se puede hacer esto», se quejó. Y eso que él llegó a la meta en el tiempo del vencedor, el veloz Ciolek. Peor le sentó el día más llano a Samuel Sánchez, que sucumbió al temor, frenó y perdió 18 segundos, como Vinokourov, Tondo y Frank Schleck. El otro Schleck, Andy, y Antón se dejaron medio minuto, trompicados en la etapa más horizontal.
Assen, salida ayer, tenía la carretera de agua. Aquí nunca termina de llover. Es un país levantado con diques sobre el mar. Y la naturaleza lo mantiene siempre a remojo. Algunos equipos colocaron tubulares para el pavés. Temor a un tramo de apenas 600 metros. Una trinchera. Las escuadras se dispusieron agrupadas sobre la raya de partida. Los gregarios rodeaban a su líder. Que no se caigan. Para ellos, ésa era la meta ayer. Para otros, como los cinco de la primera fuga de la Vuelta (Martínez, García, Leezer, Roels y Westra), el objetivo era aún más imposible: ganar. Tuvieron siete minutos de ventaja, pero ninguna opción. A esta Vuelta le sobran sprinters y le faltan días para el sprint.
Antes, a 27 kilómetros de llegar a Emmen, esperaban los 600 metros de pavés. Pintados por una capa de césped. De fino brillo. Durante los diez kilómetros previos a esa galería de cantos rodados, el pelotón se lijó a codazos, gritos, maldiciones y bandazos. Nadie quería caerse; todos buscaban hueco entre los primeros. Y no caben. No dolían las piernas, sino las manos. Puños sobre el manillar. Frenéticos. Se oía el miedo, ese rumor de dorsales apretados. Rezando. Y fueron escuchados porque el pavés no hizo daño. Sólo litros de sudor frío y un manillar partido. «Luego nos hemos relajado», comentó Valverde.
El trozo de etapa que aún quedaba era para la velocidad. De la fuga, apenas aguantaba Westra. Poco tiempo. La jauría le devoró como si nada: el equipo Garmin (Farrar), el Milram (Ciolek), el Columbia (Greipel), el Liquigas (Bennati) y el Quick Step (Boonen) ayudaron al Saxo Bank, al equipo del líder Cancellara, a neutralizar la jornada hasta que faltaban cinco kilómetros para Emmen. El final. Al fondo se abría al fin un trozo de cielo. Sol. Los lanzadores trataban de no salirse de la línea. Los silencios cruzaban miradas. Y con la velocidad, las rotondas, las isletas y las mil curvas llegó otra vez el miedo. Ciclistas al césped. Caída. Samuel Sánchez quiso protegerse al fondo del grupo. Se equivocó. Evitó el impacto, pero no el corte. La cuchilla le aguardaba a poco más de tres kilómetros. «La gente iba castigada por los kilómetros y la tensión y se han cortado». Y él atrás.
Delante nadie amansaba el ritmo. Al revés. Había muchos sprints distintos en la recta final. Boonen, precipitado, bamboleó su inmensa chepa a destiempo. Soplaba el viento por la izquierda. Ciolek, el joven alemán que ganó el campeonato de su país con sólo 18 años, se arriesgó por el centro. Tiró recto, como es Holanda. Dice que no es un sprinter puro; que quiere ser un clasicómano como su mentor, Erik Zabel; que sueña con la Milán-San Remo. Tiene apenas 22 años. Y tiene tiempo y nada de miedo. Sabatini, Hammond, Greipel y Farrar no le remontaron. Ni Freire.
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