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Decía Bernardo Ruiz «el Pipa», el primer español que subió al podio del Tour (tercero en 1952), que en la ronda gala es imposible perderse. Que bastaba con seguir el camino trazado por la interminable hilera de aficionados que decoraba las cunetas. Eso es el Tour. Y ayer, eso fue la Vuelta. Más de 50.000 personas colorearon las gradas del circuito de Assen para aplaudir a los dorsales de la carrera española. La Vuelta ha tenido que venir a Holanda para reencontrarse con su público. Llovía a ratos sobre Assen. El rápido cielo de este país combinaba ráfagas de agua con cortinas de sol. Pero daba igual. A la Vuelta le ha valido la pena emigrar hasta Flandes. Para sentirse grande, de gala, vestida de Tour.
«Me ha motivado ver esa multitud», contó Cancellara. Al llegar al circuito de motos se cruzó con algunos de los 11.000 cicloturistas que habían pedaleado en la marcha matinal organizada por la Vuelta. Un gentío con chubasqueros. Y entró en los boxes, donde se retocan los motores antes de la gran carrera del Mundial, la de Assen, la «Catedral» motera. Olía a Moto GP. A Rossi. El «paddock», la chicane, el «pit lane». Al salir del «box» por la puerta que da al circuito, se le puso piel de pollo: «Sabía que Holanda es un país ciclista, pero esto...». El gentío. Subió a la rampa y pisó los casi cinco kilómetros de la pista. Sobre la huella de mil derrapadas de motos, el suizo no tocó el freno. Assen tiene curvas para tomarlas a 100 por hora. «Iba como una moto», bromeó. Acertó. Cancellara marcó 54 km/h de media.
Assen fue mucho tiempo el hogar de Ángel Nieto, el paisaje de su primer podio sobre la moto, en 1967. Allí ganó luego quince grandes premios. El récord. La marca de un zamorano de Vallecas que se hizo piloto en un taller de Barcelona y en los viajes de cada viernes a Madrid desde la Ciudad Condal. En moto, claro. Con frío y charcos. A rueda de los camiones para gastar menos. «Assen era el circuito que más me gustaba. Es para pilotos de verdad», definió Nieto. Para locos capaces de bailar ballet sobre 125 centímetros cúbicos. En su época, recorría Europa en furgoneta, con las motos dentro. Comía salchichas y cada año descontaba rivales, los que se estampaban contra las paredes de cualquier circuito urbano.
Ayer, en Assen, también chocaron contra el viento Cunego -cedió 44 segundos- y los hermanos Schleck: Andy perdió 38 y Frank, 35. Mucho para sólo una vuelta al templo de la gasolina. En esta pista se corre siempre los sábados y sólo en motos. Lo del día es una cuestión religiosa. Holanda es un país protestante; se respeta el descanso dominical. Lo de las motos es por tradición. Aquí no ha entrado un coche. Pero sí ayer las bicicletas.
El checo Kreuziger marcó el primer registro a tener en cuenta. Iba para jugador de hockey, pero tenía que levantarse a la cinco de la madrugada para ir a entrenar. Y lo dejó. Eligió la rueda de su padre, especialista en ciclocross. Dicen que será uno de los corredores del futuro. Ayer, sólo le superaron cinco, entre ellos Cancellara y Boonen, dos ciclistas renacidos. El suizo penó durante el inicio de la temporada. Sudor agrio. Mirada indecisa. Triste pese a ser campeón olímpico. Descolgado en cada carrera. El último. A Boonen le fue peor: cayó en la cocaína, en el exceso de velocidad en las fiestas y en la carretera. En Assen volvieron a apretar el acelerador. Recuperados. Como el público para la Vuelta.
Cuentan las crónicas que en la primera edición de la Vuelta, en 1935, unas 50.000 personas recibieron a Deloor, el líder, y a unos pocos supervivientes en Madrid. También hablan de finales multitudinarios en Bilbao. Desde ayer, contarán que un día holandés con lluvia y un viento del demonio, la Vuelta recuperó el aliento que antes tuvo. Lejos. En Flandes.
«Casi me tiran de la bici un par de ráfagas», lamentó Samuel Sánchez, el dorsar «1». Pero valió la pena: «Ha sido impresionante», dijo el campeón olímpico tras entrar en meta estremecido por una ovación tremenda. Como si la Vuelta fuera el Tour. Por un día.
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