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Los mataron por haber visto matar. Por eso los asesinos, hombres encapuchados, armados y con prendas del ejército colombiano, entraron ayer muy de madrugada y asesinaron a doce indígenas de la etnia awá, entre ellos un bebé de ocho meses y cuatro menores de edad -de 5, 7, 8 y 10 años-, según confirmó Luis Fernando Arias, directivo de la Organización Nacional Indígena.
En el suelo quedó Tulia García quien en mayo pasado vio cómo murió su esposo. «Se nos atravesaron varios hombres uniformados, armados, portando brazaletes amarillos y pañoletas negras que les cubrían la cara y sólo les dejaban descubiertos los ojos», denunció. Por hablar, ella y otros once más están ahora muertos.
Tras ofrecer una recompensa de 50.000 dólares (cerca de 35.000 euros) a quien dé información, el presidente Álvaro Uribe dijo que la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones unidas para los Derechos Humanos y una agencia internacional acompañarán una misión gubernamental que investigará esta masacre.
«Lo deploramos. Nos duele en el alma. Este asesinato ha afectado la vida de doce compatriotas, afecta nuestro propósito indeclinable de proteger a las comunidades indígenas», agregó el presidente colombiano.
Testigos bajo amenaza
Nariño, provincia al sur de Colombia donde ocurrió la masacre, tiene sembradas actualmente más de 20 mil hectáreas de coca. Con el propósito de controlar las rutas y la droga es común la cooperación entre paramilitares de extrema derecha y de guerrillas con poderosos narcotraficantes que controlan el negocio. Por su parte, los indígenas, tradicionales guardianes de estas zonas, han sido las principales víctimas. Según las Naciones Unidas en 2009 han sido asesinados en Colombia 62 indígenas, un 72% más sobre el mismo período de 2008.
Arias señaló que otras tres personas resultaron heridas en el ataque. Salvaron sus vidas porque lograron escapar de los agresores.
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