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Jueves, 20-08-09
Hace ya tiempo que viene especulándose sobre cuál será la «gran potencia de siglo XXI». Apuntándose a China e India como principales candidatos. Ambas poseen méritos suficientes para ello: una masa terrestre capaz de absorber un ataque nuclear sin desaparecer del mapa, un volumen de población muy superior al de las demás naciones, una fecunda cultura propia y un pueblo inteligente, laborioso, con ganas de salir de la miseria en que ha vivido durante siglos. Los ingredientes de superpotencia están ahí, aparte de ser demasiado grandes para ser vencidas, por no hablar ya de conquistadas.
Pese a que ambas tomaron caminos diametralmente opuestos al sacudirse la dominación extranjera y se hayan mantenido fieles al mismo. Mientras los chinos eligieron el comunismo en su versión más estricta -eliminación de libertades individuales, partido único, economía estatal- la India adoptó el modelo británico, la democracia, no incompatible con su tradición milenaria de antidogmatismo, aceptación de la diversidad y libre mercado. Todo ello, naturalmente, condicionado por las circunstancias comunes de ser países subdesarrollados técnicamente, con multitud de lenguas, climas y credos mejor o peor amalgamados. Como consecuencia, China es hoy la mayor dictadura del mundo, India, la mayor democracia, y aunque sólo sea por eso, la pregunta «¿cuál de ellas prevalecerá?» resulta de vital importancia para el resto.
La historia nos muestra que en este tipo de duelos, el último, el soviético-norteamericano, el competidor totalitario suele adelantarse de entrada. La férrea disciplina que impone su sistema le permite alcanzar en tiempo récord un potencial militar muy superior a su desarrollo económico, mientras la estricta censura impide que se conozcan sus debilidades internas. Ello le rodea de un aura de invencibilidad que, en caso de ir unido a una ideología de tipo mesiánico, como el comunismo, termina dando la impresión de que el futuro les pertenece. De ahí la frase de moda en los años 60 del pasado siglo: «Los pesimistas estudian ruso. Los desesperados, chino». Mientras la democracia, con su manía de mostrar sus lacras y su tendencia al compromiso, ofrece la imagen de un vencido de antemano. Algo que, en el caso que estamos estudiando, quedó reforzado por los encontronazos militares chino-indios por cuestiones fronterizas, saldados todos ellos con claras victorias de los primeros, lo que forzó a los segundos a prestar más atención a su ejército e incluso a convertirse en potencia nuclear. Aunque me apresuro a decir que el principal enemigo de la India es Pakistán, con quien mantiene una guerra latente por la cuestión de Cachemira, envenenada por la rivalidad religiosa, en la que no vamos a entrar para no perdernos.
Nada de ello ha hecho apartarse a los hindúes de su camino ni de su sistema democrático. La natural algarabía de éste se ve acentuada por la complejidad de aquella sociedad, produciendo un afecto de desorden e incluso de incompetencia un tanto engañoso, a juzgar por los resultados. Pues no hay duda de que el país se mueve, avanza, se consolida, convirtiéndose en un gigante con el que hay que contar, como demuestra el interés de las grandes potencias clásicas por unirlo a sus planes.
Le ocurre también a China, que con un régimen completamente distinto ha alcanzado ya su mayoría de edad como superpotencia y las esperanzas de todos se cifran en que actúe como tal, es decir, que ejerza una influencia moderadora en su entorno, Corea del Norte especialmente, en vez de fomentar nuevos conflictos, como hizo en un principio.
Curiosamente, China ha cambiado más que India, pese al carácter monolítico y dogmático de su régimen. Los excesos de la «revolución cultural» de Mao la hicieron retroceder en todos los campos, obligando a los sucesores de aquél a adoptar una política mucho más flexible, que han mantenido hasta el día de hoy con notable éxito. El cambio ha consistido en mantener el férreo control político sobre la población, pero permitiendo que la economía empezase a funcionar hasta cierto punto bajo las leyes del mercado. Únase a la proverbial laboriosidad y sentido comercial del pueblo chino, y se tendrán unos resultados espectaculares. China ha venido creciendo a una media anual del 9 por ciento en lo que va de siglo, habiendo alcanzado el 13 en 2007, para caer el 6,1 el pasado año, que tampoco está nada mal en plena crisis. Mientras la India venía creciendo alrededor del 8 por ciento anual, con la particularidad de haberse convertido en una potencia informática de primera magnitud, gracias a un sistema educativo que prima la enseñanza de las matemáticas. Piensen que los niños hindúes aprenden de memoria la tabla de multiplicar no del 1 al 10 como es habitual, sino del 1 al 20, lo que significa que se les pregunta cuántos son 12 por 17 y responden 204 sin vacilar. Nada de extraño que de allí estén saliendo informáticos para todos los países, incluidos los Estados Unidos.
Pero lo más importante de esta carrera entre los dos gigantes asiáticos es que están siendo los primeros en salir de la presente crisis económica. La economía china creció un 7,9 por ciento en el segundo trimestre de este año, rebotando con fuerza inesperada incluso para los más optimistas. Mientras su banco central acaba de anunciar que sus reservas de divisas extranjeras han alcanzado la cifra de 2,13 billones (millones de millones) de dólares. India, por su parte, anuncia también un importante rebrote, con tasas de crecimiento cercanas al 8 por ciento. Ha sido la primera luz real en el túnel de la crisis por doble motivo: la recuperación empieza, aunque sea en el lugar inesperado, y tanto chinos como hindúes seguirán disponiendo de capital para cubrir los enormes déficit de los demás, empezando por los norteamericanos, y su demanda de materias primas está manteniendo los precios de las mismas, esenciales para África e Hispanoamérica. ¿Significa su presentación como primeras potencias del siglo XXI? Tiene todo el aspecto de ello.
Volviendo a nuestra pregunta inicial, ¿cuál de ellas prevalecerá?, conviene advertir de las debilidades de ambas. La de China es su cohesión interna. En ese país-continente conviven etnias, religiones y culturas tan distintas que mantenerlas unidas ha sido siempre un problema. Acabamos de tener el último ejemplo en Xinjiang, y es de prever que los conflictos en otras regiones aumentarán conforme el nivel de vida suba y los contactos con el exterior aumenten. India está más habituada a la diversidad, pero el sistema de castas representa un enorme freno a su desarrollo en el mundo global en que estamos, sin que todos los avances políticos y económicos hayan conseguido desterrar esa fisura social.
Predecir cuál de ellas será la vencedora en la pugna por la hegemonía en el siglo XXI es imposible, entre otras cosas, porque puede no haber pugna. Aparte de sus enormes problemas internos, ninguna de las dos tiene, al menos de momento, ambiciones imperiales. China ha sido siempre una potencia a la defensiva -su símbolo es la Gran Muralla- y lo único que busca fuera es asegurarse las materias primas que necesita para su desarrollo, sin importarle la ideología de quien se las proporciona. Mientras en India siguen vivas tanto la tradición pacifista de Buda y de Ganhdi como la devoción al panteísmo naturalista. Donde hay millones de dioses, difícilmente se cae en la tentación de la supremacía doctrinal o física. Y ambas parecen convencidas de que su riqueza no vendrá de la conquista, sino del trabajo, del esfuerzo, de la educación de sus gentes.
Todo un cambio respecto a las potencias occidentales. Esperemos que el aire de la cumbre no las embriague.
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