Es Croacia, sin duda, el destino de moda. Y lo es especialmente en esta época del calendario. No vaciló el emperador romano Diocleciano en situar, allá por el año 305 d.C., su residencia de descanso en pleno corazón de Dalmacia. También Marco Polo -hijo de la isla de Korcula, según la tradición local- se inspiraría en su tierra natal al escribir sus bellos relatos del mundo en el siglo XIII. George Bernard Shaw, a su vez, se dejó maravillar por la «perla» del Adriático. «Todos los que busquen el paraíso terrenal, que vengan a visitar Dubrovnik», escribió emocionado el Nobel irlandés. Tan sólo un siglo después, con las heridas de la guerra por fin cicatrizadas, la costa croata conserva las esencias de lo que siempre fue.
El Mediterráneo tal como era, rezan los folletos turísticos de un destino que cada año atrapa a millones de visitantes. Esparcidas como perlas sobre el Adriático, 1.185 islas -de ellas, sólo 66 están habitadas- disfrutan del suave clima mediterráneo y de un mar en calma protegido por Italia, ideal para la navegación. Entre las incontables lenguas de tierra y playas de pequeños guijarros dorados, las embarcaciones de lugareños y foráneos se cruzan en una densa red de autopistas marinas que enlazan toda la exuberante serie de islas, desde la península de Istria hasta el sur de Dalmacia. 5.800 kilómetros de costa para perderse y reencontrarse a sí mismo.
Comenzamos, cómo no, en Dubrovnik. La imponente fortificación del siglo X vigila pétrea el litoral dálmata. Desde lo alto de la Torre Minceta, el color anaranjado de los tejados de la antigua Ragusa se mezclan con el azul indescriptible del mar. Lejos de la tierra firme, al oeste, avistamos la isla de Mljet. Cuenta la leyenda que en este trocito de tierra Ulises pasó siete años sucumbido a los encantos de la ninfa Calipso. Al norte, en Dalmacia central, asoma Split, la segunda ciudad más grande del país con permiso de Zagreb, y punto de partida a las islas más sublimes del litoral croata.
Una hora y media en transbordador separa el Palacio de Diocleciano de la isla de Hvar, considerada como una de las diez más bonitas del mundo. Los vastos campos de lavanda y los pueblos de piedra construidos sobre las laderas dominan el paisaje de la «Capri» croata. A unas millas más al norte, la de Brac no tiene nada que envidiar a su ilustre vecina. De sus entrañas salió el mármol blanco con el que se levantó la Casa Blanca de Obama. Viento y marea transforman la morfología de Zlatni Rat o «Cuerno de Oro», su playa más hermosa.
Es Istria, acurrucada en la parte alta del Mediterráneo, otra Croacia. Sus trufas y su delicioso vino y moscatel amenizan unas vistas espectaculares en esta península con forma de corazón, que un día fue Italia. En la costa, ciudades como Pula o Rovinj muestran sin rechistar su legado de siglos de dominio veneciano.


