
Momento en que los alemanes del Este aprovecharon el picnic en Sopron para dejar atrás ese puesto fronterizo y refugiarse en Austria | ABC
La brecha abierta en el telón de acero el 19 de agosto de 1989 «fue una prueba para ver si lo que Gorbachov me había dicho en marzo era verdad, o si la Unión Soviética respondería dando la orden de intervenir a sus batallones, estacionados en nuestro país». Son palabras pronunciadas ayer por el que en 1989 era el primer ministro de Hungría: Miklos Nemeth.
A toro pasado, es fácil que la nomenclatura, la clase dirigente de entonces, se ponga todas las medallas, pero los hechos son bastante más ricos en matices. Por lo menos, habría que mencionar el ansia de libertad de los ciudadanos de la Europa del Este entonces. Vayamos, pues, a los hechos.
El 19 de agosto de 1989, el movimiento paneuropeo, dirigido por Otto de Habsburgo, organizó un picnic en Sopron, al noroeste de Hungría, en la frontera con Austria, con la connivencia de los comunistas húngaros. Iban a celebrar el desmantelamiento, por razones ideológicas y financieras, del telón de acero húngaro, instalado a partir de 1966. La decisión magiar ya había sido escenificada en Sopron, el 27 de junio de 1989, por los ministros de Exteriores de Austria y Hungría, Alois Mock y Gyla Horn, armados para la ocasión con potentes cizallas. Pero el desmantelamiento del telón de acero húngaro quería sólo decir dejar de seguir gastando dinero en renovar los 246 kilómetros de alambrada en la frontera con Austria. No significaba dejar sin vigor el requisito de visado para que los miles de alemanes orientales que entonces se encontraban en Hungría, pudieran pasar a un país libre, Austria, como querían.
El picnic paneuropeo preveía la apertura de la frontera en Sopron del tal manera que austriacos y húngaros, en hermandad festiva, se movieran sin cortapisas durante unas horas. El momento lo aprovecharon, no obstante, unos seiscientos alemanes orientales, que se encontraba de vacaciones en Hungría, muchos de ellos en el cercano lago Balaton. Sin mayor obstáculo, dieron el salto a Austria.
A pocos kilómetros de allí, en Budapest, muchos alemanes del Este buscaban refugio en la embajada de la República Federal de Alemania. Era un espectáculo. Se habían instalado tiendas de campaña de ayuda. Lo mismo ocurría en la embajada de la RFA en Praga, cuya sede era (y es) el monumental palacio Lobkowitz.
Pero volvamos a Sopron, a la frontera austro-húngara. Es verdad: nadie disparó, les dejaron escapar. El «laissé faire» era la consigna húngara desde hacía unos meses. El Gobierno magiar se había desmarcado de la línea oficial comunista y no quería aislarse de Occidente, para enfado del entonces mandamás de la República Democrática de Alemania, Erich Honecker.
El 11 de septiembre de 1989, ya de forma oficial, Hungría abrió la frontera con Austria. Permitió la huida de 50.000 alemanes del Este.


