Retiran «Tintín en el Congo» de la biblioteca de Brooklyn por racista
Actualizado Jueves, 20-08-09 a las 12:44
Steven Spielberg está preparando una película sobre las aventuras de Tintín para 2011, pero a lo mejor la tendrá que estrenar clasificada X. El héroe del comic de línea clara –¿demasiado clara para algunos?- ha sido barrido de los anaqueles de la biblioteca pública de Brooklyn a petición de uno de los socios, que ha encontrado ofensivamente racista el segundo libro de la serie, “Tintín en el Congo”.
El socio en cuestión es afroamericano y no dudó en rellenar un formulario para protestar en los siguientes términos: “el libro es racialmente ofensivo para la gente negra; la representación de negros que parecen monos es ofensiva; culturalmente hemos evolucionado bastante más allá de esa representación”.
Resultado: el libro ya no es de libre acceso para el público. Ahora se encuentra en una cámara cerrada con llave. Para consultarlo hay que concertar una cita y esperar varios días.
Es una especie de salomónico punto medio entre dejar el libro donde estaba y tirarlo a una hoguera. Una decisión nada fácil en un país que se jacta de la libertad de expresión y por supuesto de lectura, pero que también tiene la piel muy fina para las ofensas raciales.
Tampoco es la primera vez que “Tintín en el Congo” enciende las alarmas. Aunque a veces estas alarmas no eran otra cosa que un termómetro del cambio de los tiempos. Hergé empezó a crear las aventuras de Tintín en 1929. “Tintín en el Congo” fue de sus obras primerizas, es decir, de las que más se resintió del cambio de perspectiva sobre la expansión colonial europea en África.
En la edición original de “Tintín en el Congo”, los nativos congoleños hablan una variante del francés, el patois, con serias limitaciones lingüísticas, que ayudan a presentarles como personas de nula sofisticación y casi imposible refinamiento. Pero esa era la visión que de los africanos tenía cualquier europeo medio de la época, sin necesidad de considerarse particularmente racista. Los colonizadores tampoco se veían a sí mismo como invasores, sino como patriotas y portadores de una civilización superior. Por eso Tintín aparece dando una clase a los africanos sobre su “madre patria”, a la sazón Bélgica. En la versión en color del comic, esta clase había pasado a ser de matemáticas, y los africanos seguían hablando patois, pero con algo más de soltura.
Todo esto no ha bastado para satisfacer a los socios negros de la biblioteca pública de Brooklyn: la queja formal que provocó la reclusión del libro hace dos años era la culminación de una serie de protestas. Curiosamente la misma biblioteca no ha tenido ningún conflicto para exhibir públicamente el Mein Kampf de Hitler, por citar sólo un ejemplo.
A lo mejor es que el problema con Tintín es precisamente su cara amable y su vertiente infantil, que es lo que hace sus contenidos equívocos más peligrosos, según el punto de vista.
Por lo general los bibliotecarios públicos norteamericanos tienen órdenes de atender las quejas –mayormente por contenido sexual explícito, o por ataques a la religión- a la que vez que defienden con educada firmeza el libre acceso a todos los libros, como muestra de tolerancia. Pero siempre hay excepciones, y esta ha sido una.

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